| When | Why |
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| Sep-13-21 | Lectura adicional |
| Sep-13-21 | Lectura adicional 2 |
Lección 6
Mateo 5:10–12, 44
Nuevo Testamento
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; pues así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
Qué norma tan más elevada nos da el Salvador. Qué difícil es hacer el bien a quienes nos aborrecen u orar por los que nos ultrajan. ¿Cómo podemos hacer más fácil el cumplimiento de este mandamiento?
Mateo 24:9–13
Nuevo Testamento
9 Entonces os entregarán para ser afligidos y os matarán; y seréis aborrecidos por todas las naciones por causa de mi nombre.
10 Y muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.
11 Y muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos.
12 Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.
13 Pero el que persevere hasta el fin, este será salvo.
Juan 6:66–69
Nuevo Testamento
66 Desde entonces, muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él.
67 Dijo entonces Jesús a los doce: ¿También vosotros queréis iros?
68 Y le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
69 Y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Apocalipsis 6:9–11
Nuevo Testamento
9 Y cuando él abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que ellos tenían.
10 Y clamaban en alta voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, oh Señor, santo y verdadero, tardarás en juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?
11 Y se le dio a cada uno vestiduras blancas; y se les dijo que reposasen un poco más de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que también habían de ser muertos como ellos.
M. Russell Ballard, “La verdad restaurada”, Liahona, enero de 1995, págs. 75–78.
La verdad restaurada
Elder M. RusselE Russell Ballard
Reason: El reconocimiento de texto cambió la última "l" por una "E".
Del Quorum de los Doce Apóstoles
"Quizás la lección más importante que el joven José Smith aprendió en la Arboleda Sagrada es esta importante verdad eterna: Los cielos no están cerrados.”
Hace tres semanas, recibí la asignación de actuar como un anfitrión de una recepción que tuvo lugar en el Templo de Orlando, Florida, para los líderes representantes del clero, la prensa, el gobierno, la educación y los negocios. Antes de acompañar a estos distinguidos invitados por el templo, les expliqué la posición y la doctrina básica de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Yo quería que ellos supieran por qué el Evangelio de Jesucristo se había restaurado a la tierra por medio del profeta José Smith, para que comprendieran el divino propósito y el significado eterno del templo. Mi mensaje esta mañana tiene como fin recordar a los miembros de la Iglesia lo que tenemos y la necesidad que existe de enseñar a las personas que no son miembros de la Iglesia a comprender que era preciso que hubiera una restauración del evangelio.
El ministerio terrenal del Señor Jesucristo fue relativamente corto, ya que sólo cubrió un período de tres años de sus treinta y tres años de vida. Sin embargo, en ese corto tiempo, Él enseñó a la humanidad lo que era necesario hacer para recibir todas las bendiciones que nuestro Padre Celestial tiene guardadas para Sus hijos. Él terminó Su ministerio terrenal dando el servicio más compasivo y de más significado que el mundo jamás haya visto: la Expiación.
Uno de los logros más importantes del Salvador fue el establecer Su Iglesia sobre la tierra. Pablo enseñó que Cristo "...constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, "a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo" (Efesios 4:11-12).
Cuando Jesús llamó a los Doce Apóstoles, puso las manos sobre ellos y los ordenó, confiriéndoles la autoridad para actuar en Su nombre y gobernar Su Iglesia.
Es de público conocimiento que Pedro se convirtió en el Apóstol principal, o sea, el Presidente de la Iglesia, después de la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo.
Los antiguos cristianos padecieron duras persecuciones y penurias.
A Pedro y a los demás discípulos les resultaba sumamente difícil mantener la iglesia unida y la doctrina pura.
Ellos viajaban extensamente y se escribían los unos a los otros acerca de los problemas que enfrentaban.
Sin embargo, los medios de comunicación eran tan lentos y la Iglesia y sus enseñanzas tan nuevas que resultaba sumamente difícil corregir las enseñanzas falsas antes de que éstas se arraigaran firmemente.
El Nuevo Testamento indica que los antiguos Apóstoles se esforzaron mucho por preservar la iglesia que Jesucristo había dejado a su cuidado, pero sabían que al final todos sus esfuerzos serían en vano. Pablo escribió a los santos tesalonicenses, que esperaban con ansia la segunda venida de Cristo, que "...no vendrá sin que antes venga la apostasía" (2 Tesalonicenses 2:3). También advirtió a Timoteo que "vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina... "y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas" (2 Timoteo 4:3-4). También Pedro dio por sentada la Apostasía cuando habló de los "tiempos de refrigerio" que vendrían antes de que Dios enviara nuevamente "...a Jesucristo, que os fue antes anunciado; "a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo" (Hechos 3:19-21).
Finalmente, con la única excepción conocida de Juan el amado, Pedro y los demás Apóstoles fueron martirizados. Mientras enfrentaban una horrible persecución, el apóstol Juan y los miembros de la iglesia luchaban por sobrevivir. Debido a ese esfuerzo, por el cual estamos eternamente agradecidos, la cristiandad sí sobrevivió y fue una verdadera fuerza prominente para fines de los primeros doscientos años de esta era. Muchos valientes santos colaboraron para que la cristiandad prevaleciera.
De todas formas, a pesar de lo significativo que era el ministerio de esos santos, ellos no poseían la misma autoridad apostólica que Pedro y los demás Apóstoles habían recibido, por medio de la ordenación, de manos del mismo Señor Jesucristo. Cuando esa autoridad se perdió, la gente comenzó a buscar otras fuentes que les proporcionaran una comprensión de la doctrina; y como resultado, muchas verdades preciosas y sencillas se perdieron.
Por ejemplo, la historia nos cuenta de un gran consejo que se llevó a cabo en el año 325 d. de J.C. en Nicea. Para esa época, el cristianismo había emergido de las siniestras mazmorras romanas para convertirse en la religión oficial del Imperio Romano. Pero la iglesia seguía teniendo problemas, y el más importante era la ineptitud de los cristianos de ponerse de acuerdo sobre los principios básicos de la doctrina. Para resolver esas discrepancias, el emperador Constantino reunió a un grupo de obispos cristianos para establecer de una vez por todas las doctrinas oficiales de la iglesia.
Sin embargo, no fue fácil llegar a un acuerdo unánime. Las opiniones que se dieron sobre temas básicos tales como la naturaleza de Dios fueron diversas y muy sinceras, y las discusiones llegaron a ser fogosas. Las decisiones que se tomaron no fueron basadas en la inspiración ni en la revelación, sino por mayoría de votos. Como consecuencia, algunas de las facciones en contra se separaron y formaron nuevas iglesias. Más tarde, en los años 451, 787 y 1545 de nuestra era, se llevaron a cabo consejos doctrinales similares con los mismos resultados: la división.
La hermosa sencillez del Evangelio de Cristo se vio atacada por un enemigo mucho más destructivo que la persecución y las torturas que sufrieron los cristianos de la antigua Roma: las filosofías sin rumbo de hombres sin inspiración. La doctrina comenzó a basarse más en la opinión popular que en la revelación. A este período se le llamó la Edad Media o la edad del oscurantismo; fue una época de obscuridad, mayormente porque la luz del Evangelio de Jesucristo se había perdido.
Más tarde, en el año 1517, el Espíritu iluminó a Martín Lutero, un sacerdote alemán que sentía una gran preocupación al ver cuánto se había desviado la iglesia del evangelio que había enseñado Cristo. La obra que realizó llevó a la reforma, un movimiento que otros visionarios como él, tales como Juan Calvino, Huldrych Zwingli, Juan Wesley y Juan Smith también adoptaron.
Yo creo que esos reformadores fueron inspirados para crear un ambiente religioso en el cual Dios podría restaurar las verdades perdidas y la autoridad del sacerdocio. En forma similar, Dios inspiró a los primeros exploradores y colonizadores de América y a los autores de la Constitución de los Estados Unidos con el fin de crear un país y principios gubernamentales que permitieran la restauración del evangelio.
Para 1820, el mundo estaba listo para "la restauración de todas las cosas" de la que habló Pedro y todos los "santos profetas [de Dios] que han sido desde tiempo antiguo" (Hechos 3:21).
En esa época, una extraordinaria agitación religiosa corría por toda la zona rural del norte del estado de Nueva York. Ministros de diferentes denominaciones luchaban celosamente por retener la lealtad de sus feligreses en las aldeas y en los poblados, incluso Palmyra, donde vivía la familia de Joseph Smith, padre, y Lucy Mack Smith.
La familia Smith participó en esa agitación religiosa y los miembros de la familia se "convirtieron" a distintas creencias religiosas, La señora Smith y tres de sus hijos: Hyrum, Samuel y Sophronia, se unieron a una iglesia (véase JS-—H 1:7), mientras que el señor Smith y Alvin, su hijo mayor, se afiliaron a otra.
Cuando José Smith, hijo, de sólo catorce años de edad se puso a considerar a qué iglesia debía unirse, investigó cada denominación religiosa con gran reflexión, escuchó a sus respectivos ministros y trató de descubrir la verdadera. Él sabía que había "un Señor, una fe, un bautismo" (Efesios 4:5), pero no sabía cuál de las iglesias poseía la verdad.
Tiempo más tarde, José Smith escribió: "En medio de esta guerra de palabras y tumulto de opiniones, a menudo me decía a mí mismo: ¿Qué se puede hacer? ¿Cuál de todos estos grupos tiene razón; o están todos en error? Si uno de ellos es verdadero, ¿cuál es, y cómo podré saberlo?" (JS—H 1:10).
El joven José Smith buscó las respuestas a esas preguntas en las Escrituras, y mientras leía la Biblia, encontró una sencilla pero directa admonición en la epístola de Santiago: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada" (Santiago 1:5).
José Smith reflexionó: "Ningún pasaje de las Escrituras jamás penetró el corazón de un hombre con más fuerza que éste en esta ocasión, el mío. Pareció introducirse con inmenso poder en cada fibra de mi corazón. Lo medité repetidas veces, sabiendo que si alguien necesitaba sabiduría de Dios, esa persona era yo; porque no sabía qué hacer, y a menos que obtuviera mayor conocimiento del que hasta entonces tenía, jamás llegaría a saber" (JS—1:12).
Con la sencilla fe de la juventud y motivado por la inspiración del Espíritu Santo, el joven José decidió ir hasta una arboleda cercana a su casa y poner a prueba la promesa de la que hablaba Santiago.
Una hermosa y clara mañana de primavera, José Smith se dirigió al bosque y se detuvo al llegar a un tranquilo y solitario lugar. Miró a su derredor para asegurarse de que se encontraba solo y, arrodillándose, empezó a orar. Apenas había comenzado a hacerlo, se apoderó de él una sensación de densa obscuridad, como si un poder maligno estuviera tratando de impedirle orar. En lugar de entregarse, el joven aumentó sus ruegos y Dios mismo le respondió.
El relato que hizo José Smith dice así: "...vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió basta descansar sobre mí. "No bien se apareció, me sentí libre del enemigo que me había sujetado- Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado; ¡Escúchalo!" (José Smith—Historia 1:16-17).
Yo les testifico que esos Seres fueron Dios, nuestro Padre Celestial, y Su Hijo resucitado, Jesucristo, en una de las manifestaciones espirituales más grandes de todos los tiempos. Ellos le dijeron a José Smith que no se uniera a ninguna de las iglesias existentes.
Terminada Su misión, el Padre y el Hijo se fueron, dejando al joven físicamente sin fuerzas, pero espiritualmente enriquecido con una emocionante verdad restaurada: Él supo con certeza que Dios, nuestro Padre Celestial, y Su Hijo, Jesucristo, eran reales, porque los había visto. Supo que eran dos personas distintas y que no había ninguna iglesia sobre la faz de la tierra que poseyera la autoridad del sacerdocio para actuar en el nombre del Padre Celestial y de Jesucristo.
Quizás la lección más importante que el joven José Smith aprendió en la Arboleda Sagrada es esta importante verdad eterna: Los cielos no están cerrados. Dios sí se comunica con los seres mortales; Él nos ama en la actualidad tanto como amó a los que vivieron en la antigüedad. ¡Qué consuelo brinda este conocimiento en un mundo de confusión y desaliento! ¡Qué paz y seguridad obtiene el alma que comprende que el Dios de los cielos nos conoce y se preocupa por nosotros, tanto en forma individual como colectiva, y que se comunica con nosotros, ya sea directamente o por medio de Sus profetas vivientes, de acuerdo con nuestras necesidades!
Me parece que es un buen tema para abordar en la siguiente clase: Cómo aumentar nuestro poder para recibir revelación. Quizá algunas preguntas interesantes serían: 1) ¿Cómo distinguir pensamientos y deseos de revelación? 2) ¿Qué hacer cuando, en apariencia, no recibimos respuesta?
Mis queridos amigos, yo les testifico que todo esto es verdad y que el Padre y el Hijo se le presentaron al joven José Smith en una maravillosa aparición, lo que fue el primer paso hacia la restauración de la plenitud del Evangelio de Jesucristo sobre la tierra. A través de subsiguientes pero igualmente maravillosas experiencias, José Smith fue un instrumento en las manos de Dios para:
• Traducir de anales antiguos un libro que es parte de las Escrituras, el Libro de Mormón: Otro Testamento de Jesucristo.
• Restaurar la autoridad del sacerdocio.
• Restaurar las llaves selladoras de hacer volver el corazón de los hijos a los padres.
• Restaurar las llaves selladuras selladoras de hacer volver el corazón de los hijos a los padres.
Reason: En español el original sí dice "llaves selladuras". El inglés dice "sealing keys".
• Establecer la iglesia restaurada de Jesucristo en éstos, los últimos días, con la plenitud del evangelio tal como el Salvador y Sus Apóstoles lo enseñaron en el meridiano de los tiempos.
• Cumplir la profecía bíblica.
• Hacer preparativos para la segunda venida de Jesucristo.
Durante la gira por el Templo de Orlando, expliqué a nuestros invitados que no eran de nuestra misma fe, que yo comprendía si ellos encontraban este mensaje algo sorprendente. Enseñé a mis nuevos amigos de Orlando, de la misma forma que lo hago ahora con ustedes que: o el evangelio fue restaurado o no lo fue; o la iglesia original del Salvador y su doctrina se perdieron o no; o José Smith tuvo una extraordinaria visión o no la tuvo; o el Libro de Mormón es otro testamento de Jesucristo o no lo es; o la plenitud del Evangelio de Jesucristo fue restaurada sobre la tierra por medio del Profeta elegido de Dios en estos postreros días o no.
En realidad, la verdad no es más complicada que eso; o esas cosas sucedieron como se las acabo de testificar o no. Como Apóstol del Señor Jesucristo en los últimos días, mi testimonio, al igual que el testimonio de millones de fieles miembros de la Iglesia de todo el mundo, es que lo que les he dicho esta mañana es verdad. José Smith restauró La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días sobre la tierra y en la actualidad la administra un profeta viviente. ¡Eso lo testifico!
Esa información nos es útil a cada uno de nosotros sólo sí sabemos en forma personal que es la verdad. Afortunadamente tenemos una forma sencilla pero segura de saberlo, que requiere cierto esfuerzo y oración sincera, pero que vale la pena intentarlo.
En el último capítulo del Libro de Mormón, un antiguo profeta llamado Moroni extendió una importante promesa a quienes algún día leerían este sagrado libro de las Escrituras.
Su promesa se aplica a todo aquel que busca sinceramente encontrar la verdad.
El escribió: "Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo; "y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas" (Moroni 10:4-5).
Moroni nos insta a dirigirnos directamente a la Fuente de la Verdad para encontrar la respuesta a nuestras preguntas; y si lo buscamos con humildad y con sinceridad, El nos ayudará a discernir la verdad del error. Como el Salvador mismo aseguró a Sus Apóstoles: "...conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32).
Hermanos y hermanas, nosotros sabemos la verdad, por eso se espera que se la comuniquemos a todos los hijos de nuestro Padre Celestial. A nuestros queridos amigos de la Iglesia: por favor, no dejen pasar la oportunidad de recibir revelación personal de Dios. Reflexionen sobre todo lo que he dicho; considérenlo diligentemente y compárenlo con sus creencias. Retengan todo lo que es verdadero y agreguen a eso la plenitud del Evangelio restaurado de Jesucristo. Tengan en cuenta lo que hayan sentido al escuchar este mensaje. Si preguntan a Dios, podrán saber si todas estas cosas son verdaderas. Escuchen Su respuesta y luego actúen de acuerdo con la forma en que se sienten. Si así lo hacen, estoy convencido de que llegarán a saber como yo sé que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la verdadera Iglesia de Dios sobre la tierra. Mis queridos amigos, que Dios los bendiga con la paz y el gozo que brinda el evangelio, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.
Added September 13, 2021 at 3:24pm
by Rafael Treviño
Title: Lectura adicional
Lección 6
La historia de la Iglesia en el cumplimiento de los tiempos, 2ª edición (manual del Sistema Educativo de la Iglesia, 2000), págs. 3–6.
LA GRAN APOSTASÍA
Mientras los Apóstoles y otros misioneros se dedicaban con valentía a establecer el reino del Señor en la tierra, ya brotaban las semillas de la apostasía entre los miembros de la Iglesia. Pedro escribió que ya existían entre ellos falsos maestros que “introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina” (2 Pedro 2:1); también predijo que muchos seguirán sus disoluciones (desenfreno) (ver. 2). Pablo, a su vez, testificó que de las congregaciones de creyentes: “se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (véase Hechos 20:30).
No obstante, la apostasía interna y la falta de fe no eran las únicas dificultades que tuvieron que vencer los primeros misioneros. Aunque generalmente los romanos daban a sus súbditos libertad cultural y religiosa, hubo períodos en los que los cristianos sufrieron persecuciones severas, lo que les dificultaba rendir el culto apropiado y proclamar las “buenas nuevas” del Evangelio. Durante esas persecuciones, como es natural, los que más sufrieron el encarcelamiento y la muerte fueron los líderes de la Iglesia. La primera persecución romana de magnitud ocurrió durante el reinado de Nerón, quien culpó a los cristianos del incendio de Roma en el año 64 de nuestra era. La tradición indica que el apóstol Pedro fue crucificado cabeza abajo y que más adelante, entre los años 67 y 68, decapitaron al apóstol Pablo por orden del emperador.
Al principio, los Doce conservaron el oficio de Apóstol. Por ejemplo, Matías que no era uno de los primeros Doce, fue llamado a ser Apóstol. No obstante, por medio del espíritu de profecía, con el tiempo los líderes de la Iglesia se dieron cuenta de que era inevitable e incluso inminente que ocurriera una apostasía. Después que mataron a los Apóstoles cesó la revelación para guiar la Iglesia del Señor, como también la autoridad para dirigirla.
En los años que siguieron a la muerte de todos los Apóstoles se hizo evidente la predicha desaparición de la Iglesia de Cristo. Los principios del Evangelio se corrompieron al mezclarse con la filosofía pagana del momento; se perdió la influencia del Espíritu Santo y gradualmente desaparecieron los dones espirituales; hubo cambios en la organización y el gobierno de la Iglesia y se modificaron las ordenanzas esenciales del Evangelio.
De acuerdo con el presidente Joseph Fielding Smith las consecuencias de la Apostasía fueron desoladoras: “Satanás con toda su ira expulsó la Iglesia al ‘desierto’, o sea, fuera de la tierra; se quitó a los hombres el poder del sacerdocio, y cuando la Iglesia, con su autoridad y dones, desapareció de la tierra, la serpiente continuó la guerra contra todos lo que tenían fe y buscaban el testimonio de Jesús y deseaban adorar a Dios de acuerdo con los dictados de su conciencia. Tuvo tanto éxito que su dominio se extendió sobre todo el mundo conocido”.
LA NOCHE PROLONGADA Y OSCURA
El cambio que ocurrió en la Iglesia al pasar de la verdad al error fue gradual. La Apostasía, apresurada por la muerte de los Apóstoles a finales del siglo uno, gradualmente se intensificó durante los años siguientes. Cuando llegó el siglo cuatro, quedaban pocas trazas reconocibles de la Iglesia de Jesucristo y la “noche prolongada y oscura” era ya una realidad. Una vez que los Apóstoles hubieron desaparecido, los oficiales locales de las unidades de la iglesia paulatinamente tomaron sobre sí más autoridad. Los obispos adoptaron sus propias normas y doctrina y las aplicaron dentro de su jurisdicción, proclamándose sucesores autorizados de los Apóstoles. Poco a poco, algunos de los obispos, que regían en ciudades importantes como Roma, Alejandría, Jerusalén y Antioquía tomaron supremacía sobre toda la región circunvecina. Los líderes de la iglesia, cada uno por su cuenta, desarrollaron una gran diversidad de prácticas y de dogmas ya que se guiaban por la lógica y la retórica en vez de dejarse guiar por la revelación. “Al hacerse concesiones entre la verdad y el error y al amalgamar el Evangelio de Jesucristo con las filosofías de los hombres, se produjo una nueva religión, la cual llegó a ser una combinación atrayente de la cristiandad del Nuevo Testamento, de las tradiciones judías, de la filosofía griega, del paganismo grecorromano y de las religiones esotéricas”.
A medida que la iglesia cristiana creció y se esparció, el gobierno romano cambió su táctica de tolerar a los cristianos la mayoría de las veces, y pasó a perseguirlos. Esto se debió parcialmente a que el cristianismo formó un grupo separado del judaísmo, grupo éste que tenía ciertos privilegios ante la ley romana. A los cristianos se les consideraba antisociales ya que rehusaban tener cargos gubernamentales, servir en el ejército, valerse de los tribunales civiles o participar en festivales públicos. Se les llamaba ateos porque los dioses romanos y un emperador que se consideraba dios no tenían cabida en el monoteísmo cristiano. Por esa razón, y tal vez por otras, antes del reinado de Diocleciano (284–305), los romanos atacaban a la Iglesia de cuando en cuando. Pero este emperador se dedicó a exterminar cualquier religión que no fuera pagana considerándola antirromana; durante su reinado se destruyeron iglesias, se quemaron las Escrituras y se obligó a los cristianos a ofrecer sacrificios a sus ídolos o sufrir torturas. En un edicto del año 306 se ordenó que la persecución se llevara a cabo en todo el Imperio Romano.
Tal vez fuera inevitable que el Imperio tuviera que abolir sus propias leyes anticristianas, ya que la iglesia continuó creciendo y el Imperio empezó a debilitarse, por lo cual se requería la unidad y no los conflictos internos. El emperador Constantino, llevaba como símbolo la cruz al derrotar a su oponente Magencio sobre el Puente Milvio, en el año 312. Al año siguiente, proclamó el famoso Edicto de Milán que otorgaba a sus súbditos el derecho de practicar la religión que desearan, revocando así las medidas con las que habían tratado de suprimir el cristianismo.
Constantino mismo no se bautizó sino hasta estar en su lecho de muerte, pero al aceptar el cristianismo y respaldarlo colocó a la iglesia en sociedad con el Imperio compartiendo las mismas metas de éste. Se piensa que la gran necesidad que tenía el Imperio Romano de fortalecer su unidad es lo que motivó el interés de Constantino en las disputas teológicas de la iglesia. Para resolver la discrepancia que existía acerca de la naturaleza de la Trinidad fue fundamental la participación de Constantino en el concilio de Nicea, el primero de los grandes concilios ecuménicos, que se realizó en esa ciudad al sur, no lejos de la capital, en el año 325. El credo que surgió de la deliberación de dicho concilio y que fue aprobado por el Emperador es una muestra de los resultados de la apostasía, cuando las argumentaciones y los decretos suplantan a la revelación. En los siglos siguientes, a medida que se resolvieron conflictos similares, surgió una poderosa alianza entre la iglesia y el estado, por lo que las doctrinas y las prácticas de la iglesia recibieron cada vez más la influencia del gobierno.
En la época en que ocurrió la invasión de los bárbaros en Europa Occidental, en el siglo quinto, muchas de las tribus bárbaras ya habían sido evangelizadas por misioneros cristianos; por lo que los invasores se adaptaron fácilmente a la cultura romana y al catolicismo. El saqueo de Roma en el año 410, sin embargo, dio muestras claras de que el Imperio no era invulnerable. Las invasiones en masa de los vándalos, de los godos y de los hunos, que cruzaron los límites occidentales del Imperio desbarataron la unidad que había en él y dieron origen a varias de las naciones europeas. Los líderes gubernamentales de las regiones ejercieron cada vez más influencia sobre la iglesia, mientras que Roma fue perdiendo el poder que poseía. Durante los próximos siglos, en varios de los incipientes países europeos las iglesias pasaron a estar bajo el control de los señores feudales. La cultura, la educación y la moral en general retrocedieron y comenzó lo que la historia denomina las Edades Bárbaras (edad del oscurantismo, la primera parte de la Edad media).
Tad R. Callister, The Inevitable Apostasy and the Promised Restoration (2006), 15–23.
Added September 13, 2021 at 6:41pm
by Rafael Treviño
Title: Lectura adicional 2
Lección 6
Tad R. Callister, La apostasía inevitable y la restauración prometida (2006), 15–23.
1. Pensar lo impensable: ¿podría haberse perdido la Iglesia de Cristo?
La tormenta de la verdad
La tierra es el centro del universo, y el sol y la luna giran a su alrededor. Tal fue el pronunciamiento autorizado de Ptolomeo alrededor del año 150 d.C. Fue un renombrado astrónomo de la antigüedad. Estaba de acuerdo con el pensamiento de Aristóteles.1 Tenía todas las credenciales intelectuales. Su declaración era universalmente aceptada. Pero había un gran problema: estaba equivocado, absolutamente equivocado. No obstante, esta teoría de un universo centrado en la Tierra floreció durante mil cuatrocientos años como "verdad evangélica" tanto en las comunidades científicas como en las religiosas.2 Pensar lo contrario era pensar lo impensable.
No fue hasta 1543 cuando Copérnico, seguido unos años más tarde por Galileo y Kepler, desafió esta "verdad" aparentemente férrea. En oposición directa a Ptolomeo, estos pensadores independientes enseñaron, y finalmente demostraron, que la Tierra no era un cuerpo inmóvil en el centro del universo, sino un planeta en movimiento que giraba, como todos los demás planetas, alrededor del Sol.
Esta revelación provocó una onda expansiva en el mundo civilizado. Las suposiciones aceptadas durante mucho tiempo comenzaron a ser socavadas. La lógica subyacente del cosmos y de sus movimientos orbitales estaba siendo cuestionada y comprometida. La base aparentemente sólida de un universo centrado en la Tierra se desintegraba con cada nuevo descubrimiento. La tormenta de la verdad había golpeado, y la fachada de la falsedad no podía resistir su embestida.
Sin embargo, la reacción a la verdad cuando finalmente fue propuesta por hombres valientes fue violentamente opuesta y rechazada por muchos. Esa reacción se reflejó en la actitud de un amigo de Galileo que se negó a mirar a través del telescopio de Galileo "porque realmente no quería ver lo que había negado tan firmemente".3 A estos creyentes errantes se les estaba diciendo que su precioso oro era oro de los tontos; sus diamantes, cuarzo; sus cimientos de roca, un lodazal de arenas movedizas. No era fácil de tragar. La falsedad nunca huye fácilmente. No cede terreno sin luchar. Después de mil cuatrocientos años, sus raíces estaban profundamente arraigadas. Haría falta algo más que un pequeño tirón para arrancarla de raíz. Se necesitarían hombres audaces, honestos y tenaces.
Uno de esos hombres fue Galileo. Con su recién descubierto telescopio, trazó un mapa de los cielos y descubrió por sí mismo que la Tierra no era un cuerpo inmóvil en el centro del universo, sino un planeta que giraba alrededor del sol. Por su adhesión a la verdad fue llevado ante la Inquisición. Bajo amenaza de tortura, se retractó de su creencia en una Tierra en órbita, pero al salir del proceso se le oyó murmurar: "Y sin embargo, se mueve".4 La verdad había salido a la luz, para no volver a ser silenciada.
Del mismo modo, la mayoría de los teólogos e historiadores cristianos han enseñado durante siglos que la Iglesia de Cristo sobrevivió sin interrupción desde el meridiano de los tiempos. Reconocen que se enfrentó a algunos percances embarazosos, lamentables e incluso trágicos, pero, no obstante, insisten en que la Iglesia siguió adelante. Estos defensores se han revestido con las mejores galas académicas. Su suposición subyacente de la perpetuidad de la Iglesia ha sido aceptada casi universalmente por el mundo cristiano. Pero hay un problema importante con esa proposición: al igual que la teoría de un universo centrado en la tierra, es errónea, absolutamente errónea. El erudito mormón Hugh Nibley observó con precisión que la función del historiador cristiano en relación con la viabilidad de la Iglesia primitiva ha sido "describirla, no cuestionarla".5
La creencia en la perpetuación de la Iglesia a cualquier precio parecía el único terreno seguro para el historiador cristiano. Considerar que la Iglesia de Cristo podría haber caído y dejado de existir en algún momento
en el tiempo era pensar lo impensable. Pero la historia está llena de lo impensable.
En 1908 Wilbur Wright reflexionó: "Confieso que en 1901 le dije a mi hermano Orville que el hombre no volaría en cincuenta años". Dos años más tarde, el avión de Wilbur y Orville levantó el vuelo. El 25 de febrero de 1967, el Dr. Lee De Forest, inventor del tubo Audion y padre de la radio, predijo: "El hombre nunca llegará a la Luna, independientemente de todos los avances científicos futuros". Dos años después el hombre aterrizó en ese orbe "inalcanzable". En 1977, el presidente y fundador de una gran empresa de equipos informáticos declaró: "No hay razón para que ningún individuo tenga un ordenador en su casa".6 Poco después, lo impensable se convirtió en lo normal.
Para algunos era impensable que alguien pudiera rechazar los numerosos y poderosos milagros del Salvador, aunque la mayoría de sus contemporáneos lo hicieron. Para otros era impensable que Cristo, que era omnisciente, hubiera llorado, y sin embargo así fue. Para algunos era impensable que Cristo, que era perfecto, hubiera seleccionado a Judas para el santo apostolado, sin embargo, con su omnisciencia se hizo.
En cada uno de los casos anteriores lo "impensable" era la verdad. Se podría recordar la observación del Señor a Isaías: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos" (Isaías 55:8). Durante siglos, los historiadores cristianos creyeron que la única posición defendible respecto a la situación de la Iglesia de Cristo era la de defender su continuidad ininterrumpida, aunque maltrecha, magullada y rota. Contemplar que la Iglesia de Cristo había cesado o había sido sacada de la tierra sería una admisión de que la Iglesia no estaba en la tierra hoy en día, a menos que, por supuesto, hubiera habido una restauración divina, una proposición que era simplemente impensable.
Afortunadamente, José Smith, con su telescopio espiritual, trazó los "cielos celestiales", y al hacerlo descubrió la verdad. Anunció al mundo que la doctrina de una iglesia continua era errónea; en su lugar, afirmó que la Iglesia de Jesucristo había sido arrebatada de la tierra, y que era necesaria una restauración. Era una declaración audaz y sorprendente, pero era cierta.
La fuerza de nuestra posición
El élder Orson F. Whitney, un apóstol de la Iglesia restaurada, contó una vez que un erudito teólogo católico le habló así
Ustedes los mormones son unos ignorantes. Ni siquiera conocen la fuerza de su propia posición. Es tan fuerte que sólo hay otra defendible en todo el mundo cristiano, y es la posición de la Iglesia católica. La cuestión es entre el catolicismo y el mormonismo. Si nosotros tenemos razón, ustedes están equivocados; si ustedes tienen razón, nosotros estamos equivocados; y eso es todo. Los protestantes no tienen nada que hacer. Porque, si estamos equivocados, ellos están equivocados con nosotros, ya que eran una parte de nosotros y salieron de nosotros; mientras que si tenemos razón, son apóstatas a los que cortamos hace tiempo. Si tenemos la sucesión apostólica desde San Pedro, como afirmamos, no hay necesidad de José Smith y el mormonismo; pero si no tenemos esa sucesión, entonces un hombre como José Smith era necesario, y la actitud del mormonismo es la única coherente. Es la perpetuación del evangelio desde los tiempos antiguos, o la restauración del evangelio en los últimos días.7
Esa es, en efecto, la cuestión: ¿Continuó la Iglesia de Cristo ininterrumpidamente durante dos mil años desde el meridiano del tiempo, o hubo un cese de esa iglesia seguido de una restauración? En nuestra búsqueda de la verdad examinaremos las pruebas: el testimonio de las Escrituras, el testimonio de los primeros escritores cristianos, los registros de la historia, el poder de la lógica y los susurros del Espíritu. A veces de forma aislada, pero la mayoría de las veces al unísono, estos testimonios tejerán un tapiz coherente y convincente de la verdad, por impensable que parezca.
Notas del capítulo 1: Pensar lo impensable
^1 Dava Sobel escribió: "La cosmología de los siglos XVI y XVII, basada en las enseñanzas de Aristóteles del siglo IV a.C. y perfeccionada por el astrónomo griego del siglo II Claudio Ptolomeo, hacía de la Tierra el centro inmóvil. Alrededor de ella, el Sol, la Luna, los cinco planetas y todas las estrellas giraban eternamente" (La hija de Galileo, 49).
^2 El Papa Pablo V declaró: "Que la Tierra se mueva diariamente es absurdo, filosóficamente falso, y teológicamente considerado al menos erróneo en la fe". J. Reuben Clark añadió: "Este decreto de Pablo V fue confirmado por el Papa Urbano VIII (1623-1644)" (Sobre el camino a la inmortalidad y la vida eterna, 337). Incluso Martín Lutero se opuso a Copérnico y apoyó el punto de vista católico: "La gente presta oídos a un astrólogo advenedizo que se esforzó por demostrar que la tierra gira, no los cielos ni el firmamento, el sol y la luna. . . . Este insensato desea invertir todo el esquema de la astrología; pero la Sagrada Escritura nos dice que Josué ordenó que el sol se detuviera, no la tierra" (Manchester, A World Lit Only by Fire, 89).
^3 Maxwell, A More Excellent Way, 66. Esto recuerda a los israelitas que no quisieron mirar a la serpiente de bronce y, como "estaban tan endurecidos que no quisieron mirar, perecieron" (Alma 33:20).
^4 Manchester, Un mundo iluminado sólo por el fuego, 117.
^5 Nibley, When the Lights Went Out, 1.
^6 En Newsweek, 27 de enero de 1997, 86.
^7 Richards, A Marvelous Work and a Wonder, 3-4.
Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator
2. ¿Una iglesia formal o un cuerpo informal de creyentes?
¿Estableció Cristo una iglesia formal en la tierra, o simplemente enseñó un cuerpo informal de creyentes? Algunas religiones enseñan que Cristo no organizó una iglesia temporal, sino sólo una espiritual. Reconocen que enseñó doctrinas de salvación a través de siervos divinamente designados, pero afirman que no era necesaria una organización formal para tal fin. Otros enseñan que Cristo no organizó personalmente una iglesia, sino que lo hicieron sus discípulos.1 Por supuesto, si los discípulos de Cristo lo hicieron bajo su dirección, entonces la organización resultante tendría su sello de aprobación. Para que no haya dudas, las escrituras confirman que hubo una iglesia formal y que Cristo fue su fundador. Las siguientes son evidencias de su existencia formal.
Referencias a la Iglesia en la Era Cristiana Temprana
El Salvador mismo hizo referencia a la Iglesia. Mientras hablaba con Pedro, dijo: "Sobre esta piedra edificaré mi iglesia" (Mateo 16:18). Además, Pablo declaró que Jesús era "la cabeza del cuerpo, la Iglesia" (Colosenses 1:18). La palabra iglesia viene del griego ecclesia, que significa "una asamblea convocada".2 Se menciona más de treinta veces en el Nuevo Testamento, la mayoría de ellas en el contexto de una congregación organizada. El Salvador y sus apóstoles hicieron múltiples referencias a "la Iglesia", y dieron numerosos pasos para organizarla formalmente. De hecho, los apóstoles establecieron ramas o congregaciones de la Iglesia y nombraron líderes allí donde hacían proselitismo. Tertuliano (140-230 d.C.), uno de los primeros apologistas cristianos (que escribió en defensa del cristianismo), habló de los apóstoles predicando el evangelio por todo el mundo, y luego observó: "De la misma manera, fundaron iglesias en cada ciudad, de las cuales todas las demás iglesias, una tras otra, derivaron la tradición de la fe".3
Clemente (30-100 d.C.), el tercer obispo de Roma (y por lo tanto referido como Clemente de Roma), observó: "Así, predicando en todas partes, en el campo y en la ciudad, [los apóstoles] designaron a sus primicias, cuando las probaron por el Espíritu, para que fueran obispos y diáconos de los que debían creer".4 El Pastor de Hermas (90-150 d.C.), que recoge la historia de la Iglesia y de la sociedad en su conjunto, es una obra de la que se desprende la tradición de la fe. El Pastor de Hermas (90-150 d.C.), una colección de visiones y escritos de un cristiano primitivo que fue muy leída y valorada, hace referencia a "los ancianos que presiden la Iglesia".5 Se sabe que Pablo y Bernabé "ordenaron... ancianos en cada iglesia" (Hechos 14:23). La epístola escrita a Tito le recuerda que fue dejado en Creta para "poner en orden lo que falta y ordenar ancianos en cada ciudad" (Tito 1:5). Esta orden de "poner en orden" y "ordenar ancianos en cada ciudad" no parece apropiada a menos que la Iglesia fuera una institución organizada y formal.
Se escribieron cartas o epístolas a las diversas congregaciones organizadas de la Iglesia, como las cartas de Pablo, que se dirigieron "a la Iglesia de Dios que está en Corinto" (1 Corintios 1:2),6 y "a las iglesias de Galacia" (Gálatas 1:2).7 Juan el Revelador escribió "a las siete iglesias que están en Asia" (Apocalipsis 1:4).
Esta iglesia formal organizada por el Salvador y sus apóstoles no era un fin en sí mismo, sino la organización a través de la cual Dios eligió salvar almas y construir su reino. Las escrituras y los primeros escritos cristianos son un claro testamento y registro histórico de que la Iglesia de Cristo no era un grupo amorfo de creyentes, sino un cuerpo organizado de santos que se establecía en cada ciudad donde se predicaba y aceptaba el evangelio.8
Método formal de entrada y salida
Uno no se convertía en miembro de la Iglesia de Cristo sólo por asentimiento intelectual. Había un método formal de membresía o entrada a la Iglesia de Cristo conocido como bautismo y, de igual manera, un método formal de salida o expulsión, conocido como excomunión,9 los cuales evidenciaban que la Iglesia de Cristo constituía un cuerpo formal de creyentes. Cuando Nicodemo se acercó a Jesús de noche, el Salvador le dio los medios por los que podría salvarse: "El que no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3:5). El día de Pentecostés, Pedro dio las mismas instrucciones al conjunto de creyentes que habían sido "pinchados en el corazón". Les dijo: "Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2:37-38). Tres mil almas escucharon su mensaje. Este relato bíblico concluye con esta observación: "Y el Señor añadía cada día a la Iglesia los que debían salvarse" (Hechos 2:47).
El bautismo era la puerta de entrada a la Iglesia de Cristo. La excomunión era la salida. En Mateo 18:15-17, el Salvador dio el proceso por el cual se debía actuar contra un miembro que transgrediera la ley de la Iglesia. Si el transgresor no estaba dispuesto a resolver el problema de manera individual, entonces el asunto debía llevarse "a la Iglesia". Si el transgresor no quería "escuchar a la Iglesia", las escrituras indican que debía ser "un pagano y un publicano" (Mateo 18:17), lo que significa que debía ser excomulgado y, por tanto, apartado del cuerpo formal de creyentes. Si la Iglesia no era una institución formal, entonces ¿por qué y cómo se suponía que la parte agraviada debía llevar su problema "a la Iglesia", y de qué estaba siendo excomulgada? Eusebio (270-340 d.C.), el obispo de Cesarea y el primer historiador cristiano importante, reconoció la excomunión como un procedimiento debidamente autorizado en la Iglesia: "Muchos de estos [herejes], de hecho, ya han sido expulsados [o excomulgados], cuando fueron sorprendidos en su maldad".10
Si sólo existiera un grupo informal de creyentes, sería incoherente tener un método formal de entrada (bautismo) y un método formal de salida (excomunión). Las referencias bíblicas e históricas al bautismo y la excomunión son indicadores positivos de un cuerpo organizado de santos que constituían la Iglesia de Jesucristo.
Un Cuerpo Organizado de Oficiales
Al comienzo de su ministerio, Cristo "ordenó a doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar, y para que tuvieran poder de sanar enfermedades y de expulsar demonios" (Marcos 3:14-15).11 Tan esenciales eran los doce apóstoles que Pablo dijo que la Iglesia estaba "edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Jesucristo mismo" (Efesios 2:20). Una vez elegidos los apóstoles, el Señor llamó a otros oficiales titulados "setenta", a los que envió "de dos en dos delante de su rostro a toda ciudad y lugar adonde él mismo quería ir" (Lucas 10:1). El Salvador también "dio a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros" (Efesios 4:11). Más tarde, otros oficiales como obispos (Filipenses 1:1; 1 Timoteo 3:1; Tito 1:7), ancianos
(1 Timoteo 5:17; Tito 1:5; Santiago 5:14) y diáconos (Filipenses 1:1; 1 Timoteo 3:8).
Pablo sabía que había una estructura organizativa de la Iglesia (1 Corintios 12:28). En una ocasión comparó a los miembros de la Iglesia con el cuerpo humano. De la misma manera, la organización de la Iglesia era como el cuerpo humano. Un miembro del cuerpo, o funcionario de la Iglesia, no podía decir a otro: "No te necesito"
(1 Corintios 12:21). En otras palabras, los apóstoles no podían decir a los diáconos u obispos que eran innecesarios, o lo contrario, porque, en verdad, todos los oficiales, desde el "más alto" hasta el "más bajo", eran componentes esenciales de la Iglesia de Cristo. Pablo no sólo hizo referencia a estos oficiales, sino que en algunos casos discutió sus calificaciones y deberes (1 Timoteo 3:1-7). En otras palabras, estos oficiales no eran sólo figuras; tenían deberes sustanciales que realizar y cualidades espirituales que alcanzar. Eran parte integrante de la Iglesia de Cristo. Eran otra prueba de su naturaleza formal y organizada.
¿Por qué era necesario que la Iglesia fuera un cuerpo organizado? Porque la bondad organizada supera sistemáticamente a la bondad aleatoria. La Iglesia de Cristo no es sólo un código de creencias; es un cuerpo de creyentes que está divinamente organizado de manera sinérgica para mantener las doctrinas puras, las ordenanzas correctas, y la membresía creciente. Es esta institución divina la que se convierte en el reino de Dios en la tierra.12
Una institución divina
¿Cuáles eran las características de esta institución divina conocida como la Iglesia de Cristo?
En primer lugar, las enseñanzas y doctrinas eran perfectas porque el Salvador era su fuente, la fuente de la que brotaban. Esto no significa que Cristo revelara toda la verdad religiosa en un momento dado, pues no lo hizo. En cambio, reveló línea tras línea, precepto tras precepto, según la receptividad espiritual del pueblo.
En segundo lugar, la Iglesia proporcionó las ordenanzas necesarias para salvar y exaltar al hombre. Estas ordenanzas incluían el bautismo, la confirmación del Espíritu Santo, la recepción del sacerdocio y la participación en las ceremonias del templo designadas por Dios.
En tercer lugar, la Iglesia poseía el sacerdocio: el poder y la autoridad para actuar en nombre de Dios. Con esa autoridad los hombres tenían el derecho y la capacidad de enseñar las verdades del evangelio de Cristo con un poder penetrante, de realizar las ordenanzas con la sanción divina, y de bendecir de otra manera a la humanidad. Cuando el Salvador terminó el Sermón del Monte, las escrituras registran que sus oyentes estaban "asombrados de su doctrina". Luego las escrituras nos dicen por qué: "Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas" (Mateo 7:28-29).13 No era sólo lo que decía, sino cómo lo decía lo que les causaba asombro. El propio Pablo reconoció este poder demostrable del sacerdocio: "Y mi discurso y mi predicación no eran con palabras seductoras de sabiduría humana, sino con demostración del espíritu y del poder" (1 Corintios 2:4).
En cuarto lugar, la Iglesia era una institución divinamente organizada que fue diseñada para ser la forma más efectiva y eficiente de (a) difundir las enseñanzas de Cristo, (b) realizar y supervisar sus ordenanzas sagradas, y (c) regular su autoridad sacerdotal de manera ordenada. Parece poco realista suponer que Dios intentaría administrar su Iglesia de una manera aleatoria y desestructurada. Pablo recordó a los santos que "Dios no es el autor de la confusión" (1 Corintios 14:33). Por el contrario, es un dios de orden. Por eso Pablo instruyó a los santos para que "todo se haga decentemente y con orden" (1 Corintios 14:40). La Iglesia de Cristo era una institución formal y organizada. Tenía diáconos, maestros, sacerdotes, obispos, ancianos, septuagenarios, sumos sacerdotes, apóstoles y evangelistas,14 todos ellos mencionados en el Nuevo Testamento y que contribuían al orden de la Iglesia.
Cristo puso su nombre en esta institución divina en el meridiano de los tiempos porque era su Iglesia. Los sellos que distinguían a la Iglesia de Cristo permanecieron durante una breve temporada después de su ascensión, pero luego, uno a uno, desaparecieron. La mayoría de las enseñanzas se corrompieron o se perdieron;15 las ordenanzas perdieron gran parte de su simplicidad y simbolismo,16 y finalmente el sacerdocio se desvaneció hasta que los líderes de la Iglesia ya no pudieron decir con autoridad, "así dice el Señor".17 Una iglesia organizada continuó durante un tiempo, pero no era más que una mera sombra de la Iglesia original de Cristo. Sí, había algunas similitudes, algunas verdades que permanecían. Un marco externo era todavía visible. Pero la estructura interna -el corazón y el alma de la Iglesia de Cristo- había desaparecido.
Notas al capítulo 2: ¿Una iglesia formal o un cuerpo informal de creyentes?
^1 Howells, His Many Mansions, "A Comparative Chart of 10 Christian Religions on 23 Doctrinal Subjects".
^2 LDS Bible Dictionary, 645.
^3 Los Padres Ante-Nicenos, 3:252.
^4 Los Padres Apostólicos, 31.
^5 Los Padres Apostólicos, 169.
^6 Véase también 2 Corintios 1:1.
^7 Véase también 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:1.
^8 Will y Ariel Durant observaron que estos primeros santos "se reunían en habitaciones privadas o en pequeñas capillas, y se organizaban siguiendo el modelo de la sinagoga" (Caesar and Christ, 596; énfasis añadido).
^9 Para más información sobre la excomunión en la Iglesia primitiva de Cristo, véase el capítulo 19.
^10 Eusebio, Historia Eclesiástica, 2:50.
^11 Véase también Mateo 10:1-5.
^12 La Iglesia es, como dijo B. H. Roberts, "el medio a través del cual se promulga el evangelio, ... el gobierno de Dios en la tierra que pertenece a los asuntos religiosos" (Outlines of Ecclesiastical History, 364-65).
^13 Véase también Marcos 1:22.
^14 Véase D&C 107:36-39.
^15 Véase el capítulo 14.
^16 Véase el capítulo 15.
^17 Véase el capítulo 21.
3. ¿Qué pasó con la Iglesia de Cristo?
Floreció durante una temporada
¿Qué pasó con la iglesia divinamente organizada de Cristo después de su ascensión? Durante una temporada floreció. Lucas escribió que "el Señor añadía a la iglesia cada día" (Hechos 2:47), y en otra ocasión que "se añadían más creyentes al Señor, multitud de hombres y mujeres" (Hechos 5:14). La propagación del Evangelio en la Ciudad Santa era tan grande que las Escrituras registran: "El número de los discípulos se multiplicó mucho en Jerusalén, y un gran número de sacerdotes obedecía a la fe" (Hechos 6:7).1
La sede de la Iglesia permaneció en Jerusalén durante diez o doce años después de la ascensión del Salvador, pero en el ínterin la persecución se hizo intensa. Como resultado de esta persecución, los santos fueron "esparcidos por todas partes" y "iban por todas partes predicando la palabra" (Hechos 8:1, 4). De esta dispersión, el élder B. H. Roberts señaló "que un gran bien salió de lo que pretendía ser un mal, ya que el evangelio se predicó más ampliamente".2 Esta dispersión también se produjo porque los santos fieles abandonaron los confines de Jerusalén, sabiendo de la inminente destrucción de la ciudad santa, tal como lo profetizó el propio Salvador.
Después del apedreamiento de Esteban y la persecución de los santos que lo acompañó, las escrituras registran que aquellos discípulos "que estaban dispersos" predicaron el evangelio "y un gran número creyó y se convirtió al Señor" (Hechos 11:19, 21). Después de que Pedro recibió su maravillosa visión, anunció la apertura del evangelio a los gentiles (Hechos 11:17-18), y a partir de entonces Pablo se convirtió en el poderoso mensajero para ellos-un "maestro de los gentiles" (2 Timoteo 1:11). Las escrituras denotan el tenor de los tiempos: "La palabra de Dios crecía y se multiplicaba" (Hechos 12:24).3 Tan expansiva y explosiva fue la difusión del evangelio que las escrituras registran: "Todos los que habitaban en Asia oyeron la palabra del Señor Jesús, tanto judíos como griegos. . . Así crecía poderosamente la palabra de Dios" (Hechos 19:10, 20).
En el año 64 d.C. Pablo declaró que el "evangelio . . fue predicado a toda criatura que está debajo del cielo" (Colosenses 1:23). Esto fue en cumplimiento del mandato del Señor a sus apóstoles: "Id, pues, y enseñad a todas las naciones" (Mateo 28:19). Clemente de Roma (30-100 d.C.) observó que Pablo "enseñó la justicia a todo el mundo" y "llegó hasta los últimos confines de Occidente".4 El autor de El pastor de Hermas (90-150 d.C.) tenía una idea similar. Se refirió a los "apóstoles y maestros que predicaron a todo el mundo".5 Estas referencias a "todo el mundo", por supuesto, significan el mundo tal y como lo conocían entonces.6
La Iglesia ya no era una institución local; se estaba convirtiendo rápidamente en una fuerza "mundial". Pero había que pagar un precio: adoptar rápidamente las costumbres del mundo.
Las "luces se apagan"
Aunque reconoce el rápido crecimiento de la Iglesia de Cristo tras su ascensión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hace una declaración audaz y sorprendente. Declara que hubo un punto de inflexión que ocurrió poco después de la muerte de los apóstoles-una apostasía o caída que eventualmente resultó en una pérdida total de la Iglesia de Cristo de la tierra. Aunque una apostasía de la Iglesia no es lo mismo que una apostasía de los individuos de la Iglesia, la primera no puede ocurrir sin la segunda. Los miembros individuales de la Iglesia de Cristo pueden rechazar sus enseñanzas y ordenanzas sin afectar la autoridad e integridad de la Iglesia. Sin embargo, cuando un número suficiente de individuos persuasivos apostata, y en el proceso las doctrinas y ordenanzas oficiales de la Iglesia se pervierten, entonces, inevitablemente, se pierde el sacerdocio o poder divino que sostiene y distingue a la Iglesia de todas las demás organizaciones mundanas. Esto constituye una apostasía de la Iglesia. A partir de ese momento, la institución en curso puede propagar algunas verdades; puede ser una especie de fraternidad; puede prestar servicio y satisfacer ciertas necesidades sociales. Todo esto es bueno. Pero carecerá de la razón principal de su existencia: el poder de salvar y exaltar al hombre. El élder Boyd K. Packer describió la apostasía en el meridiano del tiempo de la siguiente manera: "Los Apóstoles fueron martirizados, y con el tiempo, tuvo lugar una apostasía. Las doctrinas de la Iglesia fueron corrompidas y las ordenanzas cambiadas. Las llaves de la autoridad del sacerdocio se perdieron".7 Por impensable que sea esta proposición para algunos, la evidencia de su ocurrencia es abrumadora.
Esta apostasía no fue un descenso en línea recta. Las cosas rara vez suceden así en la vida real. Durante un tiempo después de la muerte de los apóstoles, hubo islas aisladas de rectitud entre ciertas congregaciones. Hubo miembros devotos de la Iglesia, algunos de los cuales se convirtieron en mártires justos, pero el nivel general de rectitud estaba disminuyendo rápidamente. La espiritualidad estaba sucumbiendo a la secularidad, y las doctrinas puras del reino estaban siendo invadidas por la herejía. Las luces del evangelio se estaban apagando. William Manchester, un notable autor e historiador, observó: "El mandamiento misionero de Cristo había sido claramente expuesto en Mateo (28:19-20), pero en los primeros siglos después de su crucifixión la llama de la fe se apagó".8 Hugh Nibley observó que la Iglesia en ese momento "se estaba durmiendo rápidamente; las luces [se] estaban apagando".9
¿Se sabía de antemano que la Iglesia de Cristo iba a desaparecer?
de la Iglesia de Cristo?
¿Sabía el Señor de antemano esta apostasía, este apagón espiritual, o lo tomó por sorpresa? Esta pregunta equivaldría a preguntar: ¿sabía el Señor que Eva iba a comer el fruto prohibido o su transgresión puso un "obstáculo" en el plan divino? ¿Sabía Jesús que Judas le traicionaría o le pilló por sorpresa? ¿Previó el Salvador su crucifixión o le sobrevino inesperadamente? Por supuesto que el Señor sabía que Eva participaría del fruto prohibido, que Judas lo traicionaría y que Él mismo sería crucificado. Asimismo, sabía que se produciría la apostasía. Tanto él como los profetas dieron testimonio de ella.10 No fue ninguna sorpresa. En este sentido era inevitable. Aunque Dios no lo dictó ni lo deseó, sí permitió la intervención del hombre y así lo tuvo en cuenta en su plan maestro. Justino Mártir (110-165 d.C.), uno de los primeros apologistas de la Iglesia que finalmente dio su vida por la causa, comprendió este principio:
Porque las cosas que Él [el Salvador] predijo que tendrían lugar en su nombre, las vemos cumplirse realmente a nuestra vista. Porque dijo: "Vendrán muchos en mi nombre, vestidos por fuera con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces". Y "Habrá cismas y herejías". Y "Cuidado con los falsos profetas". . . . Hay, pues, y hubo muchos, amigos míos, que, presentándose en el nombre de Jesús, enseñaron a hablar y a actuar cosas impías y blasfemas. . . . De modo que, como consecuencia de estos hechos, sabemos que Jesús previó lo que sucedería después de él.11
Tertuliano (140-230 d.C.) hizo una observación similar: Tertuliano (140-230 d.C.) hizo una observación similar: "El carácter de los tiempos en que vivimos es tal que nos exige incluso esta advertencia, que no debemos asombrarnos de las herejías (que abundan) ni debe sorprendernos su existencia, pues estaba previsto que se produjeran".12 Un estudioso del cristianismo primitivo, A. Cleveland Coxe, que aportó notas editoriales a Los Padres Ante-Nicenos, observó: "Si al joven estudiante de los años vírgenes del cristianismo le choca encontrar tal estado de cosas [la proliferación de herejías], que reflexione que también fue predicho por Cristo mismo, y demuestra la malicia y el poder del adversario".13
Lehi, un profeta del Libro de Mormón,14 puso las cosas en su perspectiva eterna cuando observó "He aquí, todas las cosas han sido hechas en la sabiduría de aquel que conoce todas las cosas" (2 Nefi 2:24).15 Cristo y sus apóstoles sabían de la apostasía, profetizaron de ella, y Dios en su sabiduría proveyó un remedio a través de la gloriosa restauración de su Iglesia.
Notas del capítulo 3: ¿Qué le pasó a la Iglesia de Cristo?
^1 Véase también Hechos 2:41; 5:28.
^2 Roberts, Outlines of Ecclesiastical History, 81; véase también Hechos 9:31, 42.
^3 Véase también Hechos 11:24; 13:49; 16:5.
^4 Los Padres Apostólicos, 15.
^5 Los Padres Apostólicos, 236.
^6 Eusebio (270-340 d.C.) escribió sobre el tremendo crecimiento de la Iglesia de Cristo durante la primera década después de la ascensión del Salvador: "Así, pues, bajo una influencia y cooperación celestiales, la doctrina del Salvador, como los rayos del sol, irradió rápidamente el mundo entero. Al poco tiempo, de acuerdo con la profecía divina, el sonido de sus inspirados evangelistas y apóstoles había llegado a toda la tierra, y sus palabras a los confines del mundo. Por todas las ciudades y aldeas, como el suelo de un granero repleto, se encontraron rápidamente iglesias que abundaban y se llenaban de miembros de todos los pueblos" ( Historia Eclesiástica, 2:52). A. Cleveland Coxe, que aportó notas editoriales a la serie The Ante-Nicene Fathers, añadió: "Sin embargo, haciendo todas las concesiones, acepto la conjetura de algunas autoridades reputadas de que había 2.000.000 de cristianos en los límites del Imperio Romano a finales del siglo II" (The Ante-Nicene Fathers, 3:58).
^7 Boyd K. Packer, en First Worldwide Leadership Training Meeting, 11 de enero de 2003, Satellite Broadcast, 2.
^8 Manchester, A World Lit Only by Fire, 8.
^9 Nibley, When the Lights Went Out, 9; énfasis añadido.
^10 Véase el capítulo 11 para una mayor discusión.
^11 Los Padres Ante-Nicenos, 1:212; énfasis añadido.
^12 Los Padres Ante-Nicenos, 3:243.
^13 Los Padres Ante-Nicenos, 1:309.
^14 En lo sucesivo, también se citarán otros profetas del Libro de Mormón, como Nefi, Mosíah, Alma, Mormón y Moroni, sin identificarlos más como profetas del Libro de Mormón.
^15 Véase también 1 Juan 3:20.
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