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Lección 10

La Reforma y los reformadores

Mensaje

Thomas S. Monson, “Guiados por pioneros espirituales”, Liahona, agosto de 2006, págs. 3–8.

Guiados por pioneros espirituales

Por el Presidente Thomas S. Monson

Primer Consejero de la Primera Presidencia

Este verano se cumplirán 159 años desde que los pioneros, bajo la inspirada dirección de Brigham Young, entraron en el Valle del Gran Lago Salado y proclamaron: “Éste es el lugar. ¡Adelante!” .

Si bien a menudo rendimos honores a los grandes líderes y a aquellos que los siguieron en ese trayecto histórico, deseo hacer mención de otros “pioneros” que precedieron aquel viaje. Al hacerlo, me detengo a pensar en una definición que el diccionario da de la palabra pionero: “Persona que va delante a preparar o abrir el camino a los que vendrán después”.

Retrocedamos en las páginas de la historia y viajemos a otros lugares a fin de visitar a varias personas que, en mi opinión, merecen llamarse pioneros.

Una de ellas fue Moisés. Criado en la corte de Faraón y enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, llegó a ser poderoso en sus palabras y obras. Uno no podría separar a Moisés, el gran legislador, de las tablas de piedra que Dios le dio y sobre las cuales fueron escritos los Diez Mandamientos. Éstos debían obedecerse entonces y deben obedecerse hoy en día.

Moisés soportó constante frustración cuando algunos de sus fieles seguidores volvieron a sus costumbres anteriores. Aunque lo desilusionaron con sus acciones, él siguió amando y guiando a los hijos de Israel, y los sacó de la esclavitud egipcia. Ciertamente Moisés fue un pionero.

Otra persona que fue pionera es Rut, quien dejó a su pueblo, a sus familiares y su país a fin de acompañar a Noemí, su suegra, para adorar a Jehová en Su tierra y adoptar las costumbres de Su pueblo. Cuán importante fue la obediencia que Rut le rindió a Noemí y el posterior matrimonio con Booz, por medio de quien ella —la forastera y conversa moabita— llegó a ser bisabuela de David y, por consiguiente, antepasada de Jesucristo.

El libro de la Santa Biblia que lleva su nombre contiene un lenguaje de estilo poético que refleja su espíritu de determinación y valentía. “Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.

“Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada, que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos”.

Sí, Rut, la preciada Rut, fue pionera.

También otras mujeres fieles fueron pioneras, tales como María, la madre de Jesús; María Magdalena; Ester y Elisabet. No debemos olvidar a Abraham, a Isaac y a Jacob, ni a Isaías, a Jeremías, a Ezequiel, ni a algunas otras personas de épocas posteriores.

El precursor

Recordemos a Juan el Bautista. Su vestimenta era sencilla, su vida austera y su mensaje breve: fe, arrepentimiento, bautismo por inmersión y el otorgamiento del Espíritu Santo por medio de una autoridad mayor de la que él mismo poseía. Él declaró: “…Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él”. “…Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo… él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

El río Jordán es el lugar histórico adonde fue Jesús desde Galilea para que Juan lo bautizara. Al principio, Juan le suplicó al Maestro: “…Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” . Y la respuesta de Jesús fue: “…Deja ahora, porque así conviene que cumplamos con toda justicia… Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia”.

Juan dijo y enseñó manifiestamente: “…He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

En cuanto a Juan, el Señor declaró: “…Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista”.

Al igual que muchos otros pioneros que se destacan en los anales de la historia, Juan llevó la corona de los mártires.

Los apóstoles del Salvador

Muchos de los que fueron pioneros en espíritu y en acción fueron llamados por Jesús para que fuesen Sus apóstoles. Mucho podría decirse de cada uno de ellos.

Pedro fue uno de los primeros discípulos de Jesús. Respondiendo al llamado divino, Pedro el pescador dejó a un lado sus redes y obedeció la invitación del Maestro: Ven “en pos de mí, y [te] haré [pescador] de hombres”. No me es posible pensar en Pedro sin admirar su testimonio del Señor: “…Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

La historia registra que Juan el Amado es el único de los Doce que estuvo presente en la crucifixión de Cristo. Desde la horrenda cruz, Jesús dio a Juan un magnífico cometido. Refiriéndose a Su madre, le dijo: “…He ahí tu madre”, y a ella le dijo: “…Mujer, he ahí tu hijo”.

Los apóstoles continuaron entonces, mostrando a los demás el camino que era preciso seguir. Ellos también fueron pioneros.

La historia atestigua, no obstante, que la mayoría de los hombres no vinieron a Cristo ni siguieron el camino que Él enseñó. El Señor fue crucificado, se dio muerte a la mayoría de los apóstoles y se rechazó la verdad. La luz brillante del conocimiento se apagó y las sombras de una noche oscura, al prolongarse, envolvieron la tierra.

Con anterioridad, Isaías había profetizado: “…tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones”. Amós había predicho el hambre en la tierra: “…no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová”. Las oscuras edades de la historia parecía que nunca acabarían. ¿No habrían de aparecer mensajeros celestiales?

En busca de la luz

A su debido tiempo, algunos hombres sinceros y de corazón anhelante, arriesgando su propia vida, intentaron definir los puntos doctrinales que les ayudaran a encontrar el verdadero camino. El día de la Reforma amanecía, pero el camino hacia adelante era difícil. Las persecuciones habían de ser muy rigurosas, el sacrificio personal sería espantoso y el precio que habría que pagarse, incalculable. Los reformadores fueron pioneros, puesto que abrieron nuevos caminos en su desesperada búsqueda de los puntos doctrinales perdidos que, según pensaban, guiarían a la humanidad en el camino de regreso a la verdad que enseñó Jesús.

Wycliffe, Lutero, Huss, Zwingly, Knox, Calvino y Tyndale, todos ellos fueron pioneros durante el período de la Reforma. La declaración de Tyndale a sus críticos fue muy significativa: “Yo haré posible que un sencillo muchacho de granja sepa más que ustedes acerca de las Escrituras”.

Tales fueron las enseñanzas y la vida de los grandes reformadores. Sus hechos fueron heroicos; sus aportaciones, numerosas; sus sacrificios, enormes; pero ellos no restauraron el Evangelio de Jesucristo.

Con respecto a los reformadores, cabría preguntarse: “¿Fue en vano su sacrificio? ¿Fue inútil su lucha?” . Yo respondo con un bien sopesado no. Tras la Reforma, la Santa Biblia llegó a estar al alcance de la gente. Toda persona podía ya buscar su propio camino hacia la verdad. ¡Ah, si tan sólo todos hubiesen sabido leer y entender! Pero algunos sabían leer, otros podían prestar oídos y todos tenían acceso a Dios mediante la oración.

El tan largamente esperado día de la Restauración verdaderamente llegó. Para hacer un repaso de aquel acontecimiento trascendental de la historia del mundo, recordemos el testimonio del muchacho de granja que llegó a ser Profeta, el testigo que estuvo presente el día de la Restauración, a saber, José Smith.

Ya rompe el alba

Al describir su experiencia, José dijo: “…un día estaba leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”17.

“Finalmente llegué a la conclusión de que tendría que permanecer en tinieblas y confusión, o de lo contrario, hacer lo que Santiago aconsejaba, esto es, recurrir a Dios…

“…me retiré al bosque para hacer la prueba. Fue por la mañana de un día hermoso y despejado, a principios de la primavera de 1820…

“…me arrodillé y empecé a elevar a Dios el deseo de mi corazón…

“…vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí…

“…Al reposar sobre mí la luz, vi en el aire arriba de mí a dos Personajes, cuyo fulgor y gloria no admiten descripción. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre, y dijo, señalando al otro: Éste es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!” 18.

El Padre y Su Hijo Jesucristo aparecieron a José Smith. La mañana de la dispensación del cumplimiento de los tiempos había llegado, disipando así las tinieblas de largos siglos de noche espiritual.

Se han escrito muchos libros acerca de la vida y de los logros de José Smith, pero quizás el hacer resaltar un par de puntos sobresalientes sea suficiente: Él recibió la visita del ángel Moroni. De las planchas preciosas que se le entregaron, tradujo el Libro de Mormón, con un nuevo testimonio de Cristo a todo el mundo. Fue un instrumento en las manos del Señor, de quien recibió maravillosas revelaciones relacionadas con el establecimiento de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Durante su ministerio, lo visitaron Juan el Bautista, Moisés, Elías el profeta, Pedro, Santiago y Juan a fin de que se llevara a cabo la restauración de todas las cosas. Soportó persecuciones y sufrió profundamente, como también sus seguidores. Él confió en Dios y fue fiel a su llamamiento profético. Dio comienzo a una obra misional maravillosa por todo el mundo, la cual hoy lleva la luz y la verdad a las almas del género humano. Al final, José Smith murió mártir, como también su hermano Hyrum.

José Smith fue un verdadero pionero.

El Ser que cambió al mundo

Al leer las páginas de la historia bíblica desde el principio hasta el fin, aprendemos acerca del Pionero Supremo, sí, Jesucristo. Los antiguos profetas predijeron Su nacimiento y un ángel lo anunció en la tierra. Su vida y Su ministerio han transformado al mundo.

Con el nacimiento del Niño en Belén, se recibió un don maravilloso, un poder más fuerte que las armas, un tesoro más duradero que las monedas del César. Ese Niño había de ser Rey de reyes y Señor de señores, el Mesías Prometido, a saber, Jesucristo, el Hijo de Dios. Nació en un establo, fue acunado en un pesebre y vino del cielo para vivir en la tierra como hombre mortal y establecer el reino de Dios. Durante Su ministerio terrenal, Él enseñó a los hombres una ley mayor. Su maravilloso Evangelio reestructuró las ideas del mundo. Bendijo a los enfermos, hizo que el cojo caminara, que el ciego viese y que el sordo oyera. Aun restituyó la vida a los muertos.

Un pasaje del libro de los Hechos es muy elocuente: Jesús “anduvo haciendo bienes… porque Dios estaba con él”.

Él nos enseñó a orar: “…Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”.

En el jardín conocido por el nombre de Getsemaní, donde Su sufrimiento fue tan grande que sudó sangre por Sus poros, Él suplicó al orar: “…Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Él nos enseñó a servir: “…De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.

Él nos enseñó a perdonar: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”.

Él nos enseñó a amar: “…Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

“Este es el primero y grande mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Como el verdadero pionero que fue, Él nos invita: “…ven, sígueme”.

Vayamos ahora a Capernaum. Allí, Jairo, uno de los principales de la sinagoga, fue al Maestro y le dijo: “…Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá”. Entonces llegó la noticia de casa de Jairo: “…Tu hija ha muerto”.

Y Cristo respondió: “…No temas, cree solamente”. Entonces se dirigió a la casa y, pasando junto a los que se lamentaban, les dijo: “…¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él”, sabiendo que estaba muerta. “…Más él, echando fuera a todos… Y tomando la mano de la niña, le dijo: …Niña, a ti te digo, levántate. Y luego la niña se levantó y andaba… Y se espantaron grandemente”.

El Primero en resucitar

Me agota emocionalmente el relatar los sucesos que precedieron a la crucifixión del Maestro. Me estremezco al leer sobre cuando Pilato respondió a la multitud que daba voces, diciendo: “…¡Crucifícale, ¡crucifícale!” . Pilato “…tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros”. Se burlaron de Jesús, escupieron sobre Él y le pusieron una corona de espinas en la cabeza. Le dieron a beber vinagre. Y lo crucificaron.

Depositaron Su cuerpo en una tumba prestada, pero no había tumba que pudiese retener al cuerpo del Señor. Muy de mañana, al tercer día, les llegó el grato mensaje a María Magdalena, a María, la madre de Santiago, y a las otras mujeres que estaban con ellas. Cuando llegaron al sepulcro, vieron apartada la gran piedra de la entrada y se dieron cuenta de que la tumba estaba vacía. Dos ángeles les dijeron a las sollozantes mujeres: “…¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado”.

Sí, verdaderamente, el Señor había resucitado. Apareció a María; lo vio Cefas, o sea, Pedro, y luego lo vieron Sus hermanos de los Doce. José Smith y Sydney Rigdon lo vieron, y José declaró: “…éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios”.

Nuestro Mediador, nuestro Redentor, nuestro Hermano, nuestro Abogado ante el Padre murió por nuestros pecados y por los pecados de toda la humanidad. La expiación de Jesucristo fue un acto preordenado pero voluntario del Hijo Unigénito de Dios. Él ofreció Su vida como rescate redentor de todos nosotros.

Su misión, Su ministerio entre los hombres, Sus enseñanzas de la verdad, Sus actos de misericordia, Su inquebrantable amor por nosotros inspira nuestra gratitud y enternece nuestro corazón. Jesucristo, el Salvador del mundo —sí, el Hijo de Dios—, fue y es el Pionero Supremo, porque Él fue primero, mostrando a todos los demás el camino que es preciso seguir. Sigámosle siempre.

Material Adicional 1

Thomas S. Monson, “The Way Home”, Ensign, mayo de 1975, págs. 15–16.

El camino a casa

Elder Thomas S. Monson

Del Consejo de los Doce

Con vistas a las aguas azules del famoso Mar de Galilea se encuentra un hito histórico: el Monte de las Bienaventuranzas. Como un centinela vivo con un testimonio ocular, este amigo silencioso parece declarar: "Aquí fue donde la persona más grande que jamás haya existido pronunció el mayor sermón jamás pronunciado: el Sermón de la Montaña".

Instintivamente, el visitante recurre al Evangelio de San Mateo y lee: "Viendo las multitudes, subió a un monte; y cuando se puso, sus discípulos se acercaron a él: Y abriendo su boca, les enseñaba". (Mateo 5:1-2.) Entre las verdades que enseñó estaba esta solemne declaración: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y ancho el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella:

"Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la encuentran". (Mateo 7:13-14.)

De aplicación intemporal, los sabios a lo largo de las generaciones han tratado de vivir según esta sencilla afirmación.

Cuando Jesús de Nazaret recorrió personalmente los senderos pedregosos de Tierra Santa, él, como Buen Pastor, mostró a todos los que quisieran creer cómo podían seguir ese camino estrecho y entrar por esa puerta angosta hacia la vida eterna. "Venid, seguidme", invitó. "Yo soy el camino".

No es de extrañar que los hombres esperaran la efusión del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Era el evangelio de Jesucristo el que debía ser predicado, su obra la que debía realizarse, y sus apóstoles a la cabeza de su iglesia los encargados de la obra.

La historia registra que la mayoría de los hombres no vinieron a él, ni siguieron el camino que enseñaba. Crucificado fue el Señor, muertos los apóstoles, rechazada la verdad. La brillante luz del día de la iluminación se desvaneció, y las sombras alargadas de una noche negra envolvieron la tierra.

Una palabra, y sólo una, describe el sombrío estado que prevalecía: la apostasía. Generaciones antes, Isaías había profetizado: "Las tinieblas cubrirán la tierra, y las tinieblas más densas a los pueblos". (Isa. 60:2.) Amós había predicho una hambruna en la tierra: "No hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír las palabras del Señor". (Amós 8:11.) ¿No había advertido Pedro de los falsos maestros que traían herejías condenables, y Pablo predijo que llegaría el tiempo en que no se soportaría la sana doctrina?

Los tiempos oscuros de la historia parecían no tener fin. ¿No iba a terminar esta noche blasfema? ¿Se había olvidado el Padre amoroso de la humanidad? ¿No enviaría mensajeros celestiales como en días anteriores?

Hombres honestos con corazones anhelantes, a riesgo de sus propias vidas, intentaron establecer puntos de referencia, para poder encontrar el verdadero camino. El día de la reforma estaba amaneciendo, pero el camino por delante era difícil. Las persecuciones serían severas, el sacrificio personal abrumador, y el costo más allá del cálculo. Los reformadores eran como pioneros que abren caminos en el desierto en una búsqueda desesperada de los puntos de referencia perdidos que, según ellos, cuando se encontraran conducirían a la humanidad de vuelta a la verdad que Jesús enseñó.

Cuando John Wycliffe y otros completaron la primera traducción al inglés de toda la Biblia a partir de la Vulgata latina, las autoridades eclesiásticas de entonces hicieron todo lo posible por destruirla. Las copias tuvieron que ser escritas a mano y en secreto. La Biblia se consideraba un libro cerrado, cuya lectura estaba prohibida para el pueblo. Muchos de los seguidores de Wycliffe fueron severamente castigados y algunos fueron quemados en la hoguera.

Martín Lutero afirmó la supremacía de la Biblia. Su estudio de las escrituras le llevó a comparar las doctrinas y prácticas de la iglesia con las enseñanzas de las escrituras. Lutero defendió la responsabilidad del individuo y los derechos de la conciencia individual, y esto lo hizo a riesgo inminente de su vida. Aunque amenazado y perseguido, declaró con valentía: "Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude".

Juan Huss, hablando sin miedo contra la corrupción dentro de la iglesia, fue llevado fuera de la ciudad para ser quemado. Fue encadenado por el cuello a una estaca, y se amontonó paja y madera alrededor de su cuerpo hasta la barbilla y se le roció con resina; y finalmente se le preguntó si se retractaría. Mientras se levantaban las llamas, cantó, pero el viento le echó el fuego a la cara, y su voz se apagó.

El suizo Zwinglio intentó, a través de sus escritos y enseñanzas, replantear toda la doctrina cristiana en términos bíblicos. Su declaración más famosa emociona el corazón: "¿Qué importa? Pueden matar el cuerpo pero no el alma".

¿Y quién no puede apreciar hoy las palabras de John Knox? "Un hombre con Dios está siempre en la mayoría".

Juan Calvino, prematuramente envejecido por la enfermedad y por los incesantes trabajos que había emprendido, resumió su filosofía personal con la afirmación "Nuestra sabiduría... consiste casi enteramente en dos partes: el conocimiento de Dios y el conocimiento de nosotros mismos".

Podrían mencionarse otros, pero tal vez baste un comentario sobre William Tyndale. Tyndale consideraba que el pueblo tenía derecho a saber lo que se le prometía en las Escrituras. A los que se oponían a su trabajo de traducción, declaró "Si Dios me perdona la vida, ... haré que un muchacho que conduzca el arado sepa más de las escrituras que tú".

Tales fueron las enseñanzas y las vidas de los grandes reformadores. Sus actos fueron heroicos, sus contribuciones numerosas, sus sacrificios grandes, pero no restauraron el evangelio de Jesucristo.

De los reformistas se podría preguntar: "¿Fue su sacrificio en vano? ¿Fue inútil su lucha?" Yo respondo con un rotundo "¡No!" . La Santa Biblia estaba ahora al alcance del pueblo. Cada hombre podía encontrar mejor su camino. Oh, si todos pudieran leer y todos pudieran entender. Pero algunos podían leer, y otros podían oír; y cada hombre tenía acceso a Dios a través de la oración.

El tan esperado día de la restauración llegó de hecho. Pero repasemos ese importante acontecimiento en la historia del mundo recordando el testimonio del labrador que se convirtió en profeta, el testigo que estuvo allí, incluso José Smith.

Al describir su experiencia, José dijo: "Había en el lugar donde vivíamos una inusual excitación sobre el tema de la religión. ... Se generalizó ... [creando] división entre la gente, algunos gritando: '¡Aquí!' y otros: '¡Allí!

"... Estaba un día leyendo la Epístola de Santiago, primer capítulo y quinto versículo, que dice: 'Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios, que da a todos con liberalidad y no le reprocha nada, y le será concedida'.

"Nunca ningún pasaje de la Escritura llegó con más fuerza al corazón del hombre que éste al mío en ese momento. Parecía entrar con gran fuerza en todos los sentimientos de mi corazón. Reflexioné sobre él una y otra vez, sabiendo que si alguna persona necesitaba la sabiduría de Dios, yo la necesitaba; porque no sabía cómo actuar, y a menos que pudiera obtener más sabiduría de la que entonces tenía, nunca lo sabría; porque los maestros de religión... entendían los mismos pasajes de las Escrituras de manera tan diferente que destruían toda confianza en resolver la cuestión apelando a la Biblia.

"Al final llegué a la conclusión de que, o bien debía permanecer en la oscuridad y la confusión, o bien debía hacer lo que Santiago indica, es decir, pedir a Dios. ...

"Así que, de acuerdo con esto, mi determinación de pedir a Dios, me retiré al bosque para hacer el intento. Fue en la mañana de un hermoso y claro día, a principios de la primavera de mil ochocientos veinte.

"... Me arrodillé y comencé a ofrecer a Dios el deseo de mi corazón. ...

"... Vi una columna de luz exactamente sobre mi cabeza, por encima del brillo del sol, que descendía gradualmente hasta caer sobre mí.

"... Cuando la luz se posó sobre mí, vi dos Personajes, cuyo brillo y gloria desafían toda descripción, de pie sobre mí en el aire. Uno de ellos me habló, llamándome por mi nombre y dijo, señalando al otro: "Este es mi Hijo Amado. Escúchalo". (JS-H 1:5-17.)

El Padre y el Hijo, Jesucristo, se habían aparecido a José Smith. La mañana de la dispensación del cumplimiento de los tiempos había llegado, disipando la oscuridad de las largas generaciones de la noche espiritual. Como en la creación, la luz iba a reemplazar a las tinieblas; el día iba a seguir a la noche.

Desde entonces hasta ahora, la verdad ha estado y está disponible para nosotros. Al igual que los hijos de Israel en tiempos pasados, los interminables días de vagabundeo pueden terminar ahora con nuestra entrada en una tierra prometida personal.

La restauración del evangelio disipa la penumbra descrita en nuestro tiempo por el notable educador Robert Gordon Sproul. Él miró a las iglesias de América y declaró:

"Tenemos... el peculiar espectáculo de una nación que, en cierta medida imperfecta pero no obstante considerable, practica el cristianismo sin creer activamente en él. Se nos pide que acudamos a la iglesia para que nos ilumine, pero cuando lo hacemos nos encontramos con que la voz de la iglesia no es inspirada. La voz de la iglesia hoy en día, encontramos, es el eco de nuestras propias voces. Y el resultado de esta experiencia, ya manifiesta, es la desilusión. Sólo hay una manera de salir de la espiral. La salida es el sonido de una voz, no la nuestra, sino una voz que viene de algo que no somos nosotros, en cuya existencia no podemos dejar de creer. La tarea terrenal de los pastores es escuchar esta voz, hacer que la escuchemos y decirnos lo que dice. Si no pueden oírla, o si no nos la dicen, nosotros, como laicos, estamos completamente perdidos. Sin ella no somos más capaces de salvar el mundo de lo que fuimos capaces de crearlo en primer lugar". (Discursos vitales, 1 de septiembre de 1940, p. 701.)

Tal vez el afamado Winston Churchill fue quien mejor declaró la necesidad apremiante del mundo. Dijo: "He vivido quizás una experiencia más larga que casi nadie, y nunca he meditado sobre una situación que exigiera más paciencia, compostura, valor y perseverancia que la que se despliega ante nosotros hoy: La necesidad de un profeta".

Hoy hemos oído hablar al profeta de Dios, incluso al presidente Spencer W. Kimball. Hoy sale de este púlpito una invitación a la gente de todo el mundo: Ven de tu camino errante, viajero cansado. Ven al evangelio de Jesucristo. Ven a ese refugio celestial llamado hogar. Aquí descubrirás la verdad. Aquí aprenderás la realidad de la Divinidad, el consuelo del plan de salvación, la santidad del pacto matrimonial, el poder de la oración personal. ¡Ven a casa!

Muchos de nosotros recordamos la historia de un niño que fue secuestrado de sus padres y de su casa y llevado a un pueblo lejano. En estas condiciones, el niño creció hasta convertirse en un joven sin conocer a sus verdaderos padres ni su hogar terrenal. Dentro de su corazón surgió el anhelo de regresar a esa aldea llamada hogar.

Pero, ¿dónde estaba su hogar? ¿Dónde estaban su madre y su padre? Oh, si pudiera recordar incluso sus nombres, su tarea sería menos desesperada. Desesperadamente, trató de recordar aunque fuera un atisbo de su infancia.

Como un destello de inspiración, recordó el sonido de una campana que, desde la torre de la iglesia del pueblo, daba la bienvenida cada sábado por la mañana. De pueblo en pueblo, el joven iba de un lado a otro, escuchando siempre el tañido de esa campana tan familiar. Algunas campanas eran similares, otras eran muy diferentes al sonido que él recordaba.

Al final, el joven, cansado, se paró un domingo por la mañana ante la iglesia de un pueblo típico. Escuchó atentamente el repique de la campana. El sonido le resultaba familiar. No se parecía a ningún otro que hubiera escuchado, salvo aquella campana que repicaba en el recuerdo de su infancia. Sí, era la misma campana. Su sonido era verdadero. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su corazón se regocijó de alegría. Su alma se desbordó de gratitud. El joven se arrodilló, miró más allá del campanario -incluso hacia el cielo- y en una oración de gratitud susurró: "Gracias a Dios. Estoy en casa".

Como el tañido de una campana recordada será la verdad del evangelio de Jesucristo para el alma de quien lo busca fervientemente. Muchos de ustedes han viajado mucho en una búsqueda personal de lo que suena a verdad. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días les envía un ferviente llamado. Abran sus puertas a los misioneros. Abran sus mentes a la palabra de Dios. Abran sus corazones, incluso sus propias almas, al sonido de esa voz tranquila y pequeña que da testimonio de la verdad. Como prometió el profeta Isaías: "Tus oídos oirán una palabra... que diga: Este es el camino, andad por él". (Isa. 30:21.) Entonces, como el niño del que he hablado, tú también, de rodillas, dirás a tu Dios y al mío: "¡Estoy en casa!"

Que tal sea la bendición de todos, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

*** Translated with www.DeepL.com/Translator (free version) ***

Material Adicional 2

Boyd K. Packer, “Lenguas de fuego”, Liahona, julio de 2000, págs. 7–10.

Lenguas de fuego

Boyd K. Packer

Presidente en funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

En todos los idiomas, el Espíritu de Dios --el Espíritu Santo-- guía o puede guiar a todo miembro de la Iglesia

¿Piensan que es posible para los que hemos sido asignados a hablar alejar la atención de este magnífico edificio lo suficiente como para concentrarnos en el propósito para el cual se edificó?

Quizás se pueda lograr por medio de una parábola y un poema.

La parábola: Un mercader que buscaba joyas preciosas encontró por fin la perla perfecta. Pidió al artesano más diestro que le tallara un joyero espléndido y lo forrara con terciopelo azul. Colocó la perla de gran precio a la vista, para que otras personas pudieran compartir su tesoro. A medida que la gente iba a verla, él observaba. Pronto se alejó entristecido; lo que admiraban no era la perla, sino el joyero.

El poema:

Somos ciegos hasta que vemos

que en el plan universal

nada es digno del esfuerzo

si al hombre no ha de salvar.

¿Para qué construir algo glorioso

si al hombre deja sin edificar?

En vano un mundo edificamos

Si el constructor no ha de progresar.

Al pensar en el constructor, empezamos en el otro extremo del mundo, hace dos mil años, en el río Jordán con Juan el Bautista. Él predicó: “Yo… os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí… es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él”.

“Y Jesús… subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios [el Espíritu Santo] que descendía como paloma, y venía sobre él.

“Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”.

Jesús fue entonces al desierto y Lucifer llegó para tentarlo. Jesús venció cada una de las tentaciones con una Escritura.

“…Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre”.

“…Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios”.

“…porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás”.

Piensen en eso con detenimiento. Cuando el Señor se enfrentó a la Perdición misma, utilizó las Escrituras para protegerse.

Jesús escogió de entre Sus discípulos a 12 a quienes ordenó Apóstoles: Pedro, Jacobo y Juan; Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Simón, Jacobo, Judas y Judas [Iscariote]. Eran hombre comunes y corrientes a quienes los fariseos describieron como “hombres sin letras y del vulgo”.

Los Doce le siguieron y Él les enseñó.

Les ordenó enseñar a todas las naciones y a bautizar a todos los que creyeran.

Antes de irse, hizo la promesa: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”.

Jesús fue crucificado. Al tercer día se levantó del sepulcro. Dio más instrucciones a Sus Apóstoles y después, antes de ascender, dijo: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”.

Ese poder no se hizo esperar. En el día de Pentecostés, los Doce se encontraban reunidos en una casa:

“…de repente vino del cielo un estruendo… un viento recio que soplaba…

“y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.

“Y fueron todos llenos del Espíritu Santo…”.

Con eso, los Doce recibieron pleno poder.

Cuando hablaron ese día, la gente se maravillaba porque cada persona los oía en su propia lengua: 18 idiomas en total.

Los Apóstoles comenzaron a bautizar a todos los que creían en sus palabras; pero el bautismo para arrepentimiento no era suficiente.

Pablo encontró a 12 hombres que ya habían sido bautizados por Juan el Bautista y les preguntó: “…¿Recibisteis el Espíritu Santo…? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo”.

“…fueron [entonces] bautizados en el nombre del Señor Jesús” “Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo”.

El modelo se estableció, como lo había sido desde el principio. El entrar a la Iglesia de Jesucristo se hace por medio del “bautismo por inmersión para la remisión de los pecados”. Después, en una ordenanza aparte, el don inestimable del Espíritu Santo se confiere “por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas”.

A pesar de la oposición, los Doce establecieron la Iglesia de Jesucristo y, a pesar de la persecución, ésta prosperó.

Pero con el pasar de los siglos, la llama parpadeó y se atenuó; las ordenanzas se cambiaron o se abandonaron; la línea se quebrantó, y la autoridad para conferir el Espíritu Santo como un don dejó de existir. La Edad de las tinieblas de la apostasía se asentó sobre el mundo.

Pero siempre, como lo había sido desde el principio, el Espíritu de Dios inspiró a las almas rectas.

Tenemos una inmensa deuda con los protestantes y los reformadores antiguos que preservaron las Escrituras y las tradujeron. Ellos sabían que algo se había perdido y mantuvieron viva la llama lo mejor que pudieron. Muchas de esas personas fueron mártires, pero el protestar no fue suficiente; ni los reformadores pudieron restaurar lo que se había perdido.

Con el tiempo, surgió gran diversidad de iglesias.

Cuanto todo estuvo preparado, el Padre y el Hijo se aparecieron al joven José en la Arboleda y esas palabras que se escucharon en el río Jordán se oyeron nuevamente: “Éste es mi Hijo Amado ¡Escúchalo!” .

José Smith se convirtió en el instrumento de la Restauración.

Juan el Bautista restauró “…el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados…”.

Pedro, Santiago y Juan restauraron el oficio de apóstol dentro del sacerdocio mayor. Con él, se recibió la autoridad para conferir el divino y preciado don del Espíritu Santo.

El 6 de abril de 1830 se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Las Autoridades Generales comenzaron a enseñar y a bautizar. Nueve meses más tarde se recibió una enmienda, una revelación:

“Bautizaste en el agua para arrepentimiento, pero no recibieron el Espíritu Santo;

“pero ahora te doy el mandamiento de bautizar en agua, y recibirán el Espíritu Santo por la imposición de manos, como lo hacían los antiguos apóstoles”.

Un mes más tarde, se volvió a repetir ese mandamiento: “…a cuantos bautices con agua, les impondrás las manos y recibirán el don del Espíritu Santo…”.

El don es para todos los que se arrepientan y se bauticen: niños y niñas, mujeres y hombres, todos por igual.

Vivimos en tiempos difíciles, muy difíciles. Tenemos la esperanza y oramos para que vengan días mejores, pero no va a ser así. Las profecías nos lo dicen. Ni como pueblo, ni como familias, ni como personas estaremos exentos de las pruebas que vendrán. Nadie estará libre de las pruebas que son comunes en el hogar y la familia; el trabajo, la desilusión, la congoja, la salud, el envejecimiento y, por último, la muerte.

¿Qué haremos entonces? Esa pregunta les fue hecha a los Doce el día de Pentecostés. Pedro contestó: “…Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”.

Les dijo además: “…para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos…”.

Esa misma pregunta: “¿Qué haremos?”, le fue hecha al profeta Nefi. Él dio la misma respuesta que Pedro había dado: “…[tomad] sobre vosotros el nombre de Cristo por medio del bautismo… entonces viene el bautismo de fuego y del Espíritu Santo…”.

“¿No os acordáis que os dije que después que hubieseis recibido el Espíritu Santo, podríais hablar con lengua de ángeles?…

“Los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que declaran las palabras de Cristo… he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer.

“Por tanto, si después de haber hablado yo estas palabras, no podéis entenderlas, será porque no pedís ni llamáis; así que no sois llevados a la luz, sino que debéis perecer en las tinieblas.

“Porque he aquí, os digo otra vez, que si entráis por la senda y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer”.

No es necesario vivir con temor al futuro. Tenemos muchos motivos para regocijarnos y muy pocos para temer. Si seguimos la inspiración del Espíritu, estaremos a salvo, no importa lo que nos depare el futuro; se nos mostrará lo que debamos hacer.

Cristo prometió: “[el] Padre… os dará otro Consolador…

“el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará con vosotros”.

Muchos de nosotros somos como aquellos a los cuales el Señor dijo: “[vengan] con un corazón quebrantado y un espíritu contrito… [y] fueron bautizados con fuego y con el Espíritu Santo al tiempo de su conversión… y no lo supieron“.

Imagínense eso: “Y no lo supieron”. No es raro el que una persona haya recibido el don y que en realidad no lo sepa.

Me temo que ese don celestial se vea opacado por programas y actividades, por horarios e infinidad de reuniones. Hay tantos lugares a los cuales tenemos que ir, tantas cosas que hacer en este bullicioso mundo, que podríamos estar demasiado ocupados para prestar atención a la inspiración del Espíritu.

La voz del Espíritu es una voz apacible y delicada, una voz que se puede sentir en vez de escuchar; es una voz espiritual que se recibe en la mente como un pensamiento que entra en el corazón.

Por todo el mundo, hombres, mujeres y niños comunes y corrientes quienes no están plenamente conscientes de que poseen el don, bendicen a sus familias, enseñan, predican y ministran por medio del Espíritu que llevan en su interior.

En todos los idiomas, el Espíritu de Dios --el Espíritu Santo-- guía o puede guiar a todo miembro de la Iglesia. A todos se les invita a venir y a arrepentirse, y a ser bautizados y a recibir ese sagrado don.

A pesar de la oposición, la Iglesia progresará y, a pesar de la persecución, crecerá.

A José Smith se le hizo la pregunta: “¿En qué se diferencia su religión de otras religiones?” Él contestó: “Todo lo que podría decirse al respecto se resume en el don del Espíritu Santo”.

A este don se le aviva mediante la oración y se le cultiva “mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio”.

Se le puede extinguir por medio de la transgresión y la negligencia.

Muy pronto aprendemos que el tentador --el adversario-- utiliza esas mismas vías de la mente y del corazón para influenciarnos a hacer lo malo, a la haraganería, a la contención e incluso a los actos de tinieblas. Él se puede apoderar de nuestros pensamientos e inducirnos a hacer lo malo.

Todos tenemos el albedrío; ahora y para siempre, la luz resplandece por encima de la obscuridad.

El sacerdocio está estructurado para asegurar una línea inquebrantable de autoridad para bautizar y conferir el Espíritu Santo. Siempre están a mano líderes y maestros que han sido llamados y apartados para enseñarnos y corregirnos. Podemos aprender a diferenciar la inspiración de las tentaciones y seguir así la voz del Espíritu Santo.

¡Es una época gloriosa para vivir! No importa cuáles sean las pruebas que nos esperan, siempre encontraremos la respuesta a la pregunta: “¿Qué haremos?” Nosotros y nuestros seres queridos seremos guiados, corregidos y protegidos, y se nos brindará consuelo.

Él dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”.

Con la misma certeza de que sé que estoy aquí y ustedes allá, sé que Jesús es el Cristo. ¡Él vive! Sé que el don del Espíritu Santo, un sagrado poder espiritual, puede ser el compañero constante de toda alma que lo reciba. Ruego que el testimonio del Espíritu Santo les ratifique este testimonio, en el nombre de Jesucristo. Amén.

DMU Timestamp: September 30, 2021 11:22

Added October 02, 2021 at 2:10pm by Rafael Treviño
Title: Lectura adicional 2

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El plan maestro se despliega - El Renacimiento y la Reforma Por Tad R. Callister

El plan maestro se despliega - El Renacimiento y la Reforma Por Tad R. Callister

La historia del Renacimiento y la Reforma es parte integral del plan maestro de Dios. 1 B. H. Roberts se refirió a este período "como una revolución en lugar de una reforma, ya que la llamada reforma no restableció en absoluto el cristianismo primitivo. . . . Pero derrocó el poder de la Iglesia católica en la mayor parte de Europa occidental, dio mayor libertad al pueblo y preparó así el camino para la gran obra que le siguió". 2 La Carta Magna de 1215, la Petición de Derechos de 1620 y la Carta de Derechos de 1689 supusieron un gran avance para la libertad y la justicia social. Los tipos móviles, desarrollados por Gutenberg en el siglo XV, aceleraron la publicación de libros, liberaron las mentes de las personas y pusieron la Biblia al alcance del hombre común. William Manchester escribió: "Antes de poder romper la densa, abrumadora y sofocante noche medieval, la oscuridad tenía que ser atravesada por el brillante rayo del aprendizaje, por la literatura, y por personas que pudieran leerla y entenderla". 3 La literatura comenzó a florecer, las artes explotaron y la ciencia se hizo respetable. La brújula de los marinos abrió nuevas puertas a la exploración hasta entonces desconocida. El descubrimiento de América y del Cabo de Buena Esperanza (que permitía un nuevo paso hacia la India) aceleró las empresas comerciales en todo el mundo.

La superstición, el analfabetismo, la servidumbre y la pobreza, piedras angulares de la Edad Media, daban paso a una era nueva e ilustrada. Como observó el élder McConkie: "A partir del siglo XIV, el Señor comenzó a preparar aquellas condiciones sociales, educativas, religiosas, económicas y gubernamentales bajo las cuales podría restaurar más fácilmente el evangelio por última vez entre los hombres". 4

Se levantó entonces una hueste de hombres valientes, conocidos como los reformadores, para luchar contra la tiranía, la inmoralidad y el analfabetismo. Estos hombres no aparecieron en escena por casualidad. Su nacimiento no fue parte de un proceso de selección al azar. Por el contrario, Pablo, hablando de todos los hombres, observó que el Señor "ha determinado los tiempos antes señalados, y los límites de su habitación" (Hechos 17:26). Dios sabía cuándo y dónde nacerían los reformadores. Estos hombres divinamente elegidos fueron críticos vocales de las doctrinas que se habían corrompido. Asimismo, se opusieron enérgicamente al clero, muchos de los cuales eran el epítome de la hipocresía.

Estaba John Wycliffe de Inglaterra (1320-1384), un sacerdote educado que vio serias diferencias entre la palabra del Señor y las prácticas de la iglesia. Criticó la práctica de la confesión y la doctrina de la transubstanciación y llegó a condenar al Papa como anticristo. Tradujo las Escrituras al inglés y las puso a disposición del hombre común. Fue juzgado por herejía en Londres, pero amigos influyentes detuvieron el juicio. Un año después de su muerte, en 1384, fue declarado hereje y sus restos fueron desenterrados, quemados y arrojados al río Avon. 5

También estaba Juan Huss de Checoslovaquia (1373-1415). Defendía la lectura de las Escrituras y denunciaba las indulgencias. Fue juzgado por herejía y quemado en la hoguera; sus cenizas fueron arrojadas al río Rin para que "no quedara en la tierra el menor vestigio de aquel hombre". 6

En Suiza estaba Zwinglio (1484-1531), que se oponía a ciertas prácticas católicas, como el celibato y la misa. En Escocia estaba Knox (1514-1572) y en Francia Calvino (1509-1564). El más famoso de todos fue Martín Lutero en Alemania (1483-1546). Reaccionó apasionadamente contra la venta de indulgencias por pecados aún no cometidos y, en consecuencia, escribió su famosa tesis de 95 puntos y la clavó en las puertas de la capilla de Wittenberg en 1517. Sólo deseaba la reforma, pero en el proceso fue excomulgado. 7 Finalmente fundó una iglesia que lleva su nombre. Ante la Dieta de Worms (Alemania) en 1521, Lutero pronunció su famoso discurso de defensa, y concluyó con estas palabras

No puedo someter mi fe ni al papa ni al concilio, porque es tan claro como el día que han errado y se han contradicho con frecuencia. Por lo tanto, a menos que esté convencido por el testimonio de las Escrituras, o por el más claro razonamiento -a menos que esté persuadido por medio de los pasajes que he citado-, y a menos que así obliguen a mi conciencia, por la palabra de Dios, no puedo y no me retractaré, porque no es seguro para un cristiano hablar en contra de su conciencia. Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa, ¡que Dios me ayude! Amén. 8

Harry Fosdick señaló: "En 1572 se publicó una imagen en un salterio bohemio que representaba a Wycliffe encendiendo la chispa, a Huss encendiendo las brasas y a Lutero blandiendo la antorcha". 9 Con la llegada de Lutero, la Reforma estaba ahora en llamas. El deseo de reforma no se limitaba a unos pocos críticos ardientes de la Iglesia. Como señala Pierre Van Paassen, biógrafo de la vida de Savonarola: "Parece que siempre pasamos por alto el hecho de que en el siglo XV la cuestión no era estar a favor o en contra de la reforma de la Iglesia; todo el mundo estaba a favor. La cuestión era cómo llevarla a cabo, por dónde empezar, hasta dónde llegar". 10 Incluso los católicos reconocieron la necesidad de la reforma. En el Concilio de Trento, que tuvo múltiples sesiones (1545-1563), la Iglesia puso en marcha un sistema para ayudar a educar al clero y librarlo de sus conocidos abusos. Este movimiento de reforma se conoció como la Reforma Católica (o la Contrarreforma). Aunque se centró en corregir los problemas del clero, hizo poco o nada para corregir sus desviaciones doctrinales de la Iglesia original. 11

Estos reformadores se opusieron a muchas de las prácticas eclesiásticas existentes, como el celibato, la doctrina de la transubstanciación, las indulgencias, la no transmisión del sacramento a todos los miembros laicos, el culto a las reliquias y la no disponibilidad de las Escrituras. Estos hombres, sin embargo, sólo querían reformar la iglesia existente, no fundar una nueva iglesia ni restaurar la Iglesia de Cristo. Pero, por desgracia, se encontraron con una amarga resistencia; a algunos se les exigió incluso que dieran su vida. No era el momento adecuado para la Restauración, no era el momento adecuado para aterrizar el avión. El presidente Joseph Fielding Smith ayudó a poner el papel de los reformadores en su perspectiva adecuada:

En preparación para esta restauración, el Señor levantó a hombres nobles, como Lutero, Calvino, Knox y otros. . . . Los Santos de los Últimos Días rinden todo el honor a estos grandes e intrépidos reformadores, que rompieron los grilletes que ataban al mundo religioso. El Señor fue su protector en esta misión, que estuvo llena de muchos peligros. Sin embargo, en aquella época no había llegado el momento de restaurar la plenitud del Evangelio. La obra de los reformadores era de gran importancia, pero era una obra preparatoria. 12

El presidente Joseph F. Smith hizo una observación similar: "Calvino, Lutero, Melanchthon y todos los reformadores, fueron inspirados en pensamientos, palabras y acciones, para lograr lo que hicieron para el mejoramiento, la libertad y el avance de la raza humana. Ellos prepararon el camino para el evangelio más perfecto de la verdad que vendría". 13

Brigham Young sentía un gran respeto por los reformadores y otros hombres de buena voluntad espiritual. Por lo tanto, observó:

Nunca pasé por la iglesia de John Wesley en Londres sin detenerme a mirarla. ¿Era un buen hombre? Sí; supongo que fue, según todos los indicios, tan bueno como el que jamás caminó sobre esta tierra, de acuerdo con su conocimiento. . . . ¿Por qué no pudo construir el reino de Dios en la tierra? No tenía el Sacerdocio; esa fue toda la dificultad que tuvo. Si se le hubiera conferido el Sacerdocio, habría edificado el reino de Dios en su época como se está edificando ahora. Habría introducido las ordenanzas, los poderes, los grados y los quórums del Sacerdocio; pero, al no tener el Sacerdocio, no pudo hacerlo. ¿Descansó el Espíritu de Dios sobre él? Sí, y lo hace, más o menos, a veces, sobre todas las personas. 14

Los reformadores eran grandes hombres, pero no eran profetas de

Dios. Seguían enseñando conceptos erróneos como la fe sin obras, la predestinación y ciertos conceptos equivocados sobre el sacramento y el bautismo. Sin embargo, su influencia fue profunda y su contribución significativa. Fue un paso de gigante. La Reforma, sin embargo, no fue el acto final; más bien, fue un precursor necesario para la restauración de la Iglesia de Cristo. John Robinson, un pastor de la Iglesia Peregrina, habló a un grupo de peregrinos que estaban a punto de partir hacia el Nuevo Mundo en 1620, y al hacerlo hizo esta astuta observación sobre los Reformadores: "Porque aunque ellos [los reformadores] eran preciosas luces brillantes en sus tiempos, Dios no les había revelado toda su voluntad: Y si vivieran ahora... estarían tan preparados y dispuestos a recibir más luz como la que habían recibido". 15

El Renacimiento y la Reforma no fueron fines en sí mismos, sino los medios, los peldaños, hacia una luz aún mayor: la Restauración.

Notas del capítulo 24: El plan maestro se despliega

^1 Joel había profetizado: "Yo [el Señor] derramaré mi espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones" (Joel 2:28). Con respecto a esta profecía, el presidente Joseph Fielding Smith observó: "Creo que, propiamente, podríamos remontarnos a los días del renacimiento de la enseñanza -el renacimiento, como se le llama- y la reforma en los siglos XV y XVI para encontrar el comienzo del cumplimiento de esta promesa" (Doctrinas de Salvación, 1:176-77).

^2 Roberts, Outlines of Ecclesiastical History, 2.

^3 Manchester, A World Lit Only by Fire, 95.

^4 McConkie, Mormon Doctrine, 717.

^5 Fosdick, Great Voices of the Reformation, 7-8.

^6 Fox, Fox's Book of Martyrs, 143.

^7 Henry Emerson Fosdick señaló de Lutero: "No deseaba ni pretendía desbaratar la antigua iglesia. Su esperanza convencida era que la iglesia en general y el papa en particular, cuando se les mostraran los males clamorosos de la corrupción eclesiástica, los corregirían" (Great Voices of the Reformation, 69).

^8 Roberts, Outlines of Ecclesiastical History, 233. El élder Bruce R. McConkie declaró: "La ruptura de Lutero con el catolicismo fue parte del programa divino; vino como un Elías que preparaba el camino para la Restauración" (Doctrinas de la Restauración, 72).

^9 Fosdick, Great Voices of the Reformation, 3.

^10 Van Paassen, A Crown of Fire, xviii.

^11 Hubo otro grupo de hombres valientes, a menudo olvidados en la lista de reformadores, que deseaban no sólo reformar la iglesia, sino restaurar la Iglesia primitiva. A estos hombres se les llamó los Reformadores Radicales. Uno de los movimientos más prominentes resultantes de los esfuerzos de estos reformadores fueron los anabaptistas (que significa rebautizadores). En su época, la Iglesia y el Estado eran casi sinónimos. En consecuencia, casi todos los niños eran bautizados, una ordenanza a la que los anabaptistas se oponían amargamente. Creían que debía haber una separación entre la iglesia y el estado y que los adultos que habían sido bautizados de niños debían ser rebautizados después de que demostraran suficiente fe para creer.

^12 Smith, Doctrines of Salvation, 1:174-75.

^13 Smith, Gospel Doctrine, 31.

^14 Journal of Discourses, 7:5. El élder Boyd K. Packer también observó: "Tenemos una inmensa deuda con los protestantes y los reformadores que preservaron las Escrituras y las tradujeron. Ellos sabían que algo se había perdido. Mantuvieron la llama viva lo mejor que pudieron. Muchos de ellos fueron mártires. Pero protestar no fue suficiente; ni los reformadores pudieron restaurar lo que se había perdido" ("The Cloven Tongues of Fire", Ensign, mayo de 2000, 8).

^15 Fosdick, Great Voices of the Reformation, 546. Adolf von Harnack hizo una observación similar: "En su doctrina y en la visión que tenía de la historia, la Reforma estaba lejos de ser un producto acabado" (Von Harnack, ¿Qué es el cristianismo? 290).

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El protestantismo reformado

Richard O. Cowan

El protestantismo reformado es el nombre dado a la rama del cristianismo que surgió de las enseñanzas de Juan Calvino. Jean Cauvin, como fue bautizado originalmente este gran reformador francés, nació cerca de París, en el pueblo de Noyon, el 10 de julio de 1509. Su padre gozaba de una posición de influencia entre los funcionarios eclesiásticos y la nobleza local y, por tanto, pudo dar a su hijo muchas ventajas materiales.

Es interesante observar que, en cierto sentido, tanto Juan Calvino como José Smith comenzaron a prepararse para sus grandes misiones a la edad de catorce años; la naturaleza de los preparativos, por supuesto, era muy diferente. Mientras que José se vio privado de las ventajas de una educación formal y fue tutelado por mensajeros divinos, Calvino recibió su instrucción en algunas de las mejores universidades de su época. A los dieciocho años completó sus estudios de filosofía en la Universidad de París. A continuación, realizó estudios más avanzados en derecho y en los clásicos.

Calvino se integró en un grupo de humanistas reformistas, pero no fue hasta los veinticinco años cuando experimentó una dramática conversión a la religión, aunque no se conocen las circunstancias exactas. Creía que Dios le había hablado a través de las Escrituras, y que en adelante la obediencia a la voluntad de Dios era su primer deber. Sentía que Dios le había "elegido", o en otras palabras, que Dios le había salvado por la gracia de Jesucristo.

No se sabe con exactitud cuándo Calvino se dio cuenta de que debía romper con la iglesia imperante, pero en 1535 se vio en la necesidad de huir de su Francia natal y buscar refugio en la Suiza protestante, estableciéndose primero en la ciudad de Basilea. Allí escribió sus famosos Institutos de la Religión Cristiana, que eran a la vez una defensa de sus amigos protestantes y una exposición completa de su teología. La publicación de esta obra en 1536 le valió a Calvino un lugar destacado en todo el movimiento de la Reforma. Ese mismo año fue invitado a trasladarse a Ginebra, donde desarrollaría una mancomunidad cristiana modelo y un centro de aprendizaje cuya influencia se extendería por toda Europa.

El énfasis de Calvino en la gloria y la soberanía de Dios concuerda con los conceptos de los Santos de los Últimos Días, aunque sus puntos de vista particulares están en desacuerdo con ellos. Como la mayoría de los demás teólogos protestantes y católicos, Calvino hablaba de tres personas en una sola esencia divina. A diferencia de José Smith, que veía al Padre y al Hijo y los describía como "Personajes" gloriosos y distintos, Calvino enseñaba que Dios es indescriptible y que "tan a menudo como se le asigna cualquier forma a Dios, su gloria se corrompe. ..."

Calvino también creía que el conocimiento de Dios es esencial y proviene adecuadamente sólo de las escrituras. Hablando de las Sagradas Escrituras, dijo "No se reconoce la plena autoridad que deberían poseer con los fieles, a menos que se crea que han venido del cielo, tan directamente como si se hubiera oído a Dios pronunciándolas". Llegó a la conclusión de que tal reconocimiento sólo podía venir a través del testimonio del Espíritu Santo. Un concepto casi idéntico fue revelado a José Smith; hablando de una revelación que acababa de dar, el Señor testificó

"Estas palabras no son de los hombres ni del hombre, sino de mí; ...

"Porque es mi voz la que os habla; porque os son dadas por mi Espíritu, y por mi poder podéis leerlas unos a otros; ...

"Por lo tanto, podéis dar testimonio de que habéis oído mi voz y conocéis mis palabras". (D&C 18:34-36.)

Debido a la importancia que concedía a las Escrituras escritas, Calvino también subrayó la necesidad de estudiarlas. Este énfasis en la educación ha caracterizado a la mayoría de las iglesias reformadas o calvinistas desde entonces. Los presbiterianos y los congregacionalistas, por ejemplo, tienen en su haber la fundación de numerosos e importantes colegios y universidades en Estados Unidos y otros países.

Calvino enseñó además que el hombre fue creado originalmente, que llevaba el sello de la imagen de Dios y que era plenamente capaz de obedecer la voluntad de Dios. Sin embargo, con la caída de Adán, Calvino creía que el hombre perdió su potencial para hacer el bien y se volvió totalmente depravado o malvado. Según la doctrina de Calvino del "pecado original", toda la posteridad de Adán heredó su maldición.

"El pecado original", dijo, puede definirse como "una corrupción y depravación hereditaria de nuestra naturaleza, que se extiende a todas las partes del alma, que primero nos hace odiosos a la ira de Dios, y luego produce en nosotros las obras que en la Escritura se denominan las obras de la carne". En tal condición, el hombre por sí mismo no puede ganar ni el mérito ni la salvación. Calvino continúa diciendo que el hombre sólo puede ser "merecidamente condenado por Dios, para quien nada es aceptable sino la justicia, la inocencia y la pureza."

Los Santos de los Últimos Días también creen en la caída de Adán, pero con una gran diferencia. Aunque Adán "quedó sujeto a la voluntad del diablo, porque cedió a la tentación" y su transgresión introdujo la muerte espiritual y física en el mundo (véase D. y C. 29:39-42; 2 Ne. 2:22-25; Moisés 5:10-11), aun así su caída no destruyó totalmente la capacidad del hombre para hacer el bien.

Aunque las Escrituras describen apropiadamente al hombre caído como "carnal, sensual y diabólico" y como "enemigo de Dios" a menos que se someta a los impulsos del Espíritu Santo (véaseMosías 3:19), aún así se anima a los hombres a "ocuparse ansiosamente en una buena causa, y hacer muchas cosas de su propia voluntad, y llevar a cabo mucha justicia; porque el poder está en ellos, en el que son agentes para sí mismos. Y en la medida en que los hombres hagan el bien, no perderán en absoluto su recompensa" (D. y C. 58:27-28). Sin embargo, los Santos de los Últimos Días reconocen que deben confiar en los méritos de Cristo si han de ser salvados.

Juan Calvino definió la predestinación como "el decreto eterno de Dios, por el cual determinó por sí mismo lo que quería que sucediera con respecto a cada hombre ... algunos están preordenados a la vida eterna, otros a la condenación eterna. ..." Como ya se ha observado, él creía que todos los hombres son depravados y sólo merecen la condenación. El hecho de que algunos se salven, argumentaba, se debe exclusivamente a la "buena voluntad de Dios". Según esta doctrina, Dios mismo elige elegir a unos y condenar a otros. Advirtió que "la causa eficiente de la elección es la libre misericordia de Dios que debemos reconocer con humildad y acción de gracias."

Calvino negó que Dios basara su elección en las buenas obras de cualquier individuo, ya sean pasadas o futuras; rechazó específicamente la noción de que la presciencia de Dios tuviera algo que ver con la elección. En opinión de Calvino, Cristo ha sido la única persona lo suficientemente santa o pura como para ser justificada o salvada por las obras. Aunque uno no se salve por las obras, el creyente elegido vivirá una vida de buenas obras como prueba de su condición de salvado. Por lo tanto, "Somos justificados no sin, y aún no por las obras".

Los Santos de los Últimos Días rechazan la noción de predestinación, porque destruiría lo que consideran el corazón del propósito del hombre para estar en la tierra. Al anunciar la creación de esta tierra, el Señor declaró con respecto a sus hijos espirituales "...los probaremos aquí, para ver si hacen todo lo que el Señor su Dios les mande". (Abr. 3:25.)

Samuel el Lamanita enseñó que sólo cuando los hombres son libres puede haber un juicio justo; "... os ha dado que podáis elegir la vida o la muerte". (Hel. 14:31.) Si se eliminara este concepto, se desvirtuaría toda la idea de la responsabilidad del hombre por sus actos.

Calvino creía que los dos "sacramentos" del bautismo y la Cena del Señor eran más que meros signos. Estos actos externos son medios por los que el "Señor sella en nuestras conciencias sus promesas de buena voluntad hacia nosotros" y por los que pactamos nuestra obediencia a él. Estas ordenanzas no son eficaces si no van acompañadas de la acción interior del Espíritu Santo.

El bautismo es "el signo iniciático por el que somos admitidos a la comunión de la Iglesia". Es un signo por el cual confesamos nuestra santidad de vida, y al mismo tiempo es la atestación de Dios de que ha perdonado nuestros pecados. Aunque el bautismo no borra la depravación del pecado original, Calvino creía que al menos esta ordenanza asegura al hombre que Dios lo considerará inocente y sin culpa. Según Calvino, el individuo recibe el perdón de los pecados no por actos de penitencia, sino a través de la sangre de Cristo, de la cual el bautismo es la señal.

Los Santos de los Últimos Días están de acuerdo con el énfasis de Calvino en el perdón a través del sacrificio expiatorio de Cristo y que el bautismo es ineficaz sin un cambio interior, pero insisten en que el bautismo es un requisito definitivo para la admisión en el reino de los cielos. (Véase Juan 3:3-5.)

Calvino difería de sus contemporáneos católicos cuando negaba que el pan y el vino se convirtieran realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Sin embargo, habría enfatizado el concepto de comunión, afirmando que en un sentido muy real Cristo está presente espiritualmente en la ordenanza. Habría insistido en que el sacramento es algo más que el mero "recuerdo del Hijo", sino que habría coincidido con el concepto de los Santos de los Últimos Días de renovar los pactos con el Señor al recibir esta ordenanza dignamente.

Una vez que Calvino consolidó su poder político en Ginebra, impulsó sus esfuerzos para transformar esa ciudad en una mancomunidad modelo. Además, en 1559 fundó la academia ginebrina, Collège de Genève (más tarde Universidad de Ginebra), que pronto se convirtió en el principal seminario de aprendizaje para los ministros de la fe "reformada", como se denominaba a los calvinistas para distinguirlos de los luteranos. Desde este centro, su influencia se extendió por toda Europa.

La difusión del protestantismo en general y del calvinismo en particular se identificó estrechamente con las luchas por el nacionalismo. En Francia, por ejemplo, los hugonotes o calvinistas franceses surgieron como una minoría influyente durante la década de 1560. Durante las siguientes décadas su persecución fue alentada por los españoles católicos que ejercían influencia en Francia. El resentimiento francés por la injerencia española puede haber sido la causa de las ventajas que obtuvieron los hugonotes.

Del mismo modo, en los Países Bajos, los opositores a la dominación española aceptaron el calvinismo, por lo que el protestantismo se alió con la lucha por el nacionalismo en los Países Bajos. Una de las consecuencias de la introducción del calvinismo en los Países Bajos fue la creación de la Iglesia Reformada Holandesa, más tarde conocida en Estados Unidos como Iglesia Reformada Cristiana.

En los Países Bajos surgió a principios del siglo XVII un sistema de creencias llamado arminianismo que desafiaba el monopolio del calvinismo entre las iglesias reformadas. Llamado así por el teólogo holandés Jacobus Arminius, el arminianismo revisó los Cinco Fundamentos de Calvino de la siguiente manera (1) En lugar de la predestinación absoluta basada únicamente en la voluntad de Dios, los arminianos creían que Dios elegía a quién salvar según su conocimiento previo de su valía. (2) La doctrina de la "expiación limitada" (Cristo muriendo sólo por los elegidos) fue reemplazada por la enseñanza de que Cristo murió por todos, pero sólo los justos se benefician de su sacrificio. (3) Negaron que la gracia fuera irresistible, sosteniendo que los hombres podían rechazarla. (4) También cuestionaron la doctrina de la perseverancia, según la cual los que recibían la gracia nunca podían caer de ella. (5) Los arminianos cambiaron el énfasis de la depravación total y pusieron más énfasis en la libertad del hombre, aunque estaban de acuerdo con los calvinistas en que el hombre por sí mismo no podía hacer nada realmente bueno.

Mientras tanto, el protestantismo se extendía a otra tierra; en la década de 1540, John Knox se había convertido en el líder de los protestantes escoceses. Durante este periodo, Escocia estaba fuertemente dominada por los franceses, y pronto Knox se vio obligado a exiliarse. Al final se fue a Ginebra, donde se convirtió en un ardiente discípulo de Calvino. Sin embargo, no iba a permanecer lejos de su patria escocesa, ya que en Escocia la lucha por derrocar la influencia católica francesa se identificó con la causa protestante.

En 1560, los protestantes escoceses, con Knox a la cabeza, habían obtenido una importante victoria. En diciembre de ese año, Knox y sus seguidores celebraron lo que se reconoció como la primera asamblea general de su iglesia. Durante el mes siguiente publicó el Primer Libro de la Disciplina, que establecía los inicios de la forma presbiteriana de gobierno de la Iglesia.

El término presbiteriano proviene del griego presbyteros, que significa anciano. En cada congregación, el ministro y los ancianos laicos, que ocupaban el cargo con el consentimiento de los miembros, constituían la junta disciplinaria, más tarde conocida como el consistorio. Los presbiterios de distrito y los sínodos regionales, así como una asamblea general de ámbito nacional, se desarrollaron a partir de los fundamentos establecidos por Knox.

La influencia de Calvino también se extendió a Inglaterra. Influidos por los modelos establecidos en Ginebra, los puritanos ingleses trabajaron por la reforma sin dejar de ser miembros de la Iglesia Anglicana establecida. La mayoría de ellos consideraba que el Nuevo Testamento sancionaba la forma de organización eclesiástica presbiteriana en lugar de la episcopal (gobierno por obispos).

Con el paso del tiempo, del puritanismo surgió un movimiento separatista; estas personas, que habían perdido la esperanza de que la reforma fuera posible dentro de la iglesia existente, se retiraron de la Iglesia de Inglaterra y se inclinaron por la forma de organización congregacional en la que cada unidad local es autónoma del control de los obispos o de las organizaciones regionales de cualquier tipo.

Durante un tiempo, la iglesia anglicana dominante permitió a los puritanos y presbiterianos una relativa libertad de culto. Sin embargo, en 1637 el rey trató de imponer una forma de culto anglicano a todos los grupos; esta acción precipitó una revuelta escocesa y una guerra civil dentro de la propia Inglaterra.

En 1643, el parlamento inglés desafió la autoridad del rey y convocó una asamblea que se reunió en Westminster para asesorar en materia de credo y gobierno eclesiástico. El producto más importante de esta asamblea fue la Confesión de Westminster, publicada en 1646. Se encuentra entre las principales exposiciones de la fe calvinista y sigue siendo el credo fundamental de muchos presbiterianos en la actualidad. La primera sección del credo refleja la reverencia de Calvino por las Escrituras:

"... La autoridad de la Sagrada Escritura... no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino enteramente de Dios... el autor de la misma. ... Nuestra plena persuasión y seguridad de la verdad infalible y de la autoridad divina de la misma proviene de la obra interior del Espíritu Santo, que da testimonio, por y con la Palabra, en nuestros corazones".

En contraste con la fe de los Santos de los Últimos Días, la Confesión sostenía: "Nada debe ser añadido en ningún momento ... por nuevas revelaciones del Espíritu. ..." También incorporó el concepto de Calvino sobre la predestinación:

"... por el decreto de Dios, para la manifestación de su gloria, algunos hombres y ángeles son predestinados [sic] a la vida eterna, y otros preordenados a la muerte eterna. ...

"El hombre, por su caída en el estado de pecado, ha perdido por completo toda capacidad de voluntad para cualquier bien espiritual. ... Cuando Dios convierte a un pecador ... por su sola gracia lo capacita libremente para querer y hacer lo que es espiritualmente bueno. ...

"Las obras realizadas por los hombres no regenerados -aunque, por lo que a ellos respecta, sean cosas que Dios manda- son pecaminosas y no pueden agradar a Dios. ... Y sin embargo, su descuido es más pecaminoso y desagradable a Dios".

Mientras estos desarrollos tenían lugar en Europa, los primeros calvinistas ya habían llevado el protestantismo reformado a América. A principios de 1600, un grupo de separatistas ingleses había huido a Holanda en busca de libertad religiosa. Sin embargo, con el paso de los años, estos refugiados empezaron a temer que su identidad inglesa fuera imposible de mantener en el entorno holandés. Así, en 1620, parte del grupo hizo los preparativos para embarcarse en el Mayflower hacia América, donde podrían empezar una nueva vida. Estos primeros peregrinos establecieron su colonia en Plymouth.

Aproximadamente una década después, comenzó la gran ola de migración puritana desde Inglaterra hacia la colonia de la Bahía de Massachusetts, al norte de Plymouth. Aunque este último grupo seguía siendo nominalmente leal a la Iglesia de Inglaterra, al igual que sus vecinos separatistas, adoptaron una forma de política congregacional o gobierno eclesiástico que se adaptaba bien a la vida en Nueva Inglaterra.

A menudo, las nuevas ciudades eran establecidas por una congregación entera que se trasladaba a la frontera como grupo. En estas circunstancias, no es de extrañar que el gobierno eclesiástico y el secular de los puritanos se convirtieran casi en uno solo, con medidas promulgadas para asegurar la estricta adhesión a sus doctrinas y prácticas calvinistas.

En el Nuevo Mundo, la antigua distinción entre puritanos separatistas y no separatistas dejó de tener importancia, y estos dos grupos se fusionaron en uno solo. Este fue el comienzo del congregacionalismo en América, que representa una rama importante del protestantismo reformado.

Otros puritanos ingleses, especialmente los que se asentaron en Connecticut, se inclinaron más por la forma presbiteriana de gobierno de la Iglesia. Sin embargo, la gran afluencia de presbiterianos llegó con la inmigración escocesa-irlandesa a América a principios del siglo XVIII; la mayoría de estos nuevos colonos se ubicaron en las zonas interiores del sur y en las colonias del Atlántico medio. Tras la Guerra de la Independencia, los presbiterianos estadounidenses se reunieron en Filadelfia en 1789 y organizaron la primera asamblea general de la Iglesia Presbiteriana de EE UU. La iglesia recién creada contaba originalmente con 18.000 miembros.

Esta iglesia creció rápidamente en el clima de avivamiento de principios del siglo XIX, y en la década de 1830 había alcanzado un número de miembros de más de 200.000. Con la llegada de la Guerra Civil estadounidense, los presbiterianos también se dividieron por regiones, y el grupo del sur formó la Iglesia Presbiteriana separada en Estados Unidos en 1865.

El tercer y más pequeño grupo de calvinistas en Norteamérica tiene sus orígenes entre los calvinistas del continente europeo, especialmente en Holanda y Alemania. Muchos de estos grupos todavía llevan el nombre de Reformados como parte de los nombres de sus iglesias. En Estados Unidos, la Iglesia Reformada Holandesa y posteriormente la Iglesia Reformada Cristiana han sido numéricamente más importantes.

Teológicamente, la mayoría de estos grupos se han alejado de los aspectos estrictos o puros de las enseñanzas de Calvino. Con el paso de los años, los congregacionalistas se han dado a conocer como uno de los miembros más liberales, teológicamente hablando, de esta tradición cristiana.

Los calvinistas estadounidenses han tomado parte destacada en el movimiento ecuménico dentro del protestantismo. Los grupos más pequeños han llegado a la conclusión de que pueden ser más eficaces en su ministerio uniendo fuerzas con otros. Algunos grupos con antecedentes reformados alemanes, por ejemplo, participaron en una fusión que dio lugar a la formación de la Iglesia Evangélica y Reformada en 1934. Mientras tanto, los congregacionalistas y los cristianos se unieron en 1931. La Iglesia Evangélica y Reformada y las iglesias cristianas congregacionales se unieron para formar la Iglesia Unida de Cristo en 1957. En 1958, la dominante Iglesia Presbiteriana del Norte y un grupo que se remonta a los secesionistas escoceses se unieron para organizar la Iglesia Presbiteriana Unida de Estados Unidos. En la década de 1960 se consideraron planes de fusión aún más amplios, cuando el presidente de la Iglesia Presbiteriana propuso la unión de su iglesia con la Iglesia Unida de Cristo, los metodistas, los episcopales, los Hermanos Evangélicos Unidos, los Discípulos de Cristo y otros.

En 1971 había 4.353.800 presbiterianos en Estados Unidos, de los cuales 3.172.760 pertenecían a la Iglesia Presbiteriana Unida de Estados Unidos y 957.569 a la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos. Otros grupos reformados sumaban 531.288.

Juan Calvino (1509-1564)

Iglesia en Delfshaven, Holanda, donde se cree que los separatistas ingleses celebraban su culto antes de partir hacia el Nuevo Mundo

John Knox, líder de la Reforma en Escocia

Estatua de Juan Calvino en la fachada de piedra de la Universidad de Ginebra, fundada por Calvino en 1559 como Academia de Ginebra

Casas tipo Wigwam similares a las utilizadas por los primeros habitantes de Nueva Inglaterra

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Original: https://www.churchofjesuschrist.org/study/ensign/1972/02/reformed-protestantism?lang=eng

La Reforma Protestante

Ver esta página en la publicación original de 1992.

Autor: Jensen, De Lamar

La Reforma del siglo XVI fue una gran agitación religiosa que ha tenido repercusiones hasta nuestros días. Cuando Martín Lutero desafió la doctrina católica de los sacramentos, declarando audazmente que la salvación no viene por obras humanas, sino por la sola gracia de Dios a través de la fe en Jesucristo, puso en marcha una compleja serie de acontecimientos que no sólo rompieron la fortaleza religiosa de la iglesia católica, sino que también tuvieron un profundo impacto en los acontecimientos políticos, sociales y culturales.

La perspectiva SUD considera la Reforma Protestante como una preparación para la restauración más completa del evangelio que comenzó con José Smith. Así, la Reforma Protestante inició un retorno al cristianismo puro, una obra que no podía completarse sin la revelación y restauración divina. Los líderes de la Reforma son honrados como hombres inspirados que hicieron importantes progresos, pero sin revelación directa no podían recuperar el verdadero evangelio ni la autoridad del sacerdocio para actuar en nombre de Dios. Esa fue la misión del profeta José Smith.

Tal vez el mayor legado de la Reforma fue la mayor atención a la libertad, la propia libertad más que la de los demás. Esta preocupación acabó convirtiéndose en tolerancia religiosa y en el deseo de una mayor autodeterminación política. El fin de la iglesia única y "universal" y la proliferación de nuevas iglesias y sectas tuvieron eco en el ámbito político, sobre todo en la independencia de los Estados Unidos de América. Fueron muchos los factores que contribuyeron al establecimiento de los Estados Unidos, pero la herencia política y religiosa de los reformadores protestantes fue sin duda uno de ellos.

La restauración del evangelio a través de José Smith tuvo lugar en el contexto de este mundo posterior a la Reforma. Sin embargo, José Smith no se considera un sucesor de los reformadores en el sentido de basarse en sus enseñanzas. Afirmó recibir su conocimiento y autoridad del sacerdocio directamente por revelación, no por el estudio de otros escritores, iniciando así una nueva dispensación del evangelio más que una continuación de la Reforma.

El ambiente religioso de la América de principios del siglo XIX era predominantemente protestante. Ese entorno fomentaba las diferencias religiosas y dio lugar a muchas iglesias rivales. Entre las características de ese renacimiento religioso estaba el énfasis en la Biblia y la lectura de la misma, una característica que fue promovida por primera vez por los humanistas y reformistas del siglo XVI. La Biblia utilizada por José Smith y otros de su época era la versión inglesa King James de 1611. Fue su propia lectura de la Biblia (en particular Santiago 1:5-6) la que llevó a José Smith a su primer encuentro personal con Dios.

El legado de la Reforma también se ve en el énfasis fronterizo en la religión congregacional, que enfatiza el derecho y la capacidad de las congregaciones individuales para organizarse como cuerpos religiosos autónomos, dirigiendo sus propios servicios de culto y gobernando en general sus propios asuntos. El congregacionalismo surgió de la tradición calvinista inglesa de los siglos XVI y XVII en particular, pero también fue practicado por otros grupos.

Especialmente importante en relación con la Restauración fue el concepto de que la religión es personal, una relación de tú a tú entre Dios y el adorador individual. Esta era una característica clave de los anabaptistas de la Reforma, que creían, al igual que los Santos de los Últimos Días, en la revelación personal y la responsabilidad individual. Los anabaptistas rechazaban el bautismo de niños, enseñando en cambio que el bautismo era un pacto de limpieza con Dios, al que se accedía sólo después de ejercer la fe y el arrepentimiento. Muchas otras doctrinas anabaptistas son notablemente similares a las creencias de los Santos de los Últimos Días, incluido el concepto de restauración en sí, que los anabaptistas llamaban Restitución, es decir, la restitución de la Iglesia apostólica del Nuevo Testamento.

No se comparten tantas doctrinas específicas con los protestantes de la línea principal, pero los Santos de los Últimos Días tienen en común una fe devota en Jesucristo como Redentor del mundo y como Salvador personal. Esta fe fue la fuerza motriz de las acciones de Martín Lutero y otros reformadores tempranos, y fue fundamental para la vida y la obra del profeta José Smith. Hoy en día sigue siendo un principio central de la Iglesia.

Bibliografía

Grimm, Harold J. The Reformation Era, 1500 -1650, 2ª ed. Nueva York, 1965.

Jensen, De Lamar. Reformation Europe: Age of Reform and Revolution, 2a ed., Lexington, Massachusetts, 1981. Lexington, Massachusetts, 1981.

Spitz, Lewis W. The Protestant Reformation, 1517 -1559. New York, 1985.

DE LAMAR JENSEN

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Original: https://eom.byu.edu/index.php/Protestant_Reformation

DMU Timestamp: September 30, 2021 11:22